Libros, velas, cuchillos, plumas, lámparas y prácticamente cada objeto cotidiano cuentan con un inagotable potencial evocador para Chema Madoz, que ha basado su trayectoria al completo en ellos y en la exploración de la capacidad de la imagen para albergar misterios y para no agotarse en sí misma y en su primera contemplación.
El fotógrafo madrileño apela continuamente a la intuición y a la facultad imaginativa del público para hacer de él un cómplice de sus metáforas interpretativas, a menudo con más de una lectura, y de sus juegos de lógica. Su procedimiento es siempre similar: trabaja en blanco y negro, descontextualizando determinados utensilios para otorgarles significados nuevos (en sus comienzos, fueron sus referentes los ready-mades de Duchamp y el surrealismo).
Algunas de estas composiciones podrán generar inquietud, muchas aluden al deseo humano de escapar o resistir y es muy frecuente igualmente en sus propuestas la presencia fundamental de la idea de lo lúdico, y de las partidas suspendidas o trucadas. En suma, cada una de sus escenas supone una invitación a que el espectador mire de otra manera, a que se sienta interpelado por lo muy próximo y lo lleve al terreno de la subjetividad, encontrando lo que hay en su entorno de inesperado y de latente, la sensualidad en lo utilitario y también las opciones múltiples en lo teóricamente unitario.
La elaboración de sus fotos es aparentemente simple, y siempre con luz natural, pero todo en ellas es meticuloso: el tamaño y el peso de los objetos escogidos lo determina con precisión; también la escala a la que se nos muestran. Modificando o acentuando algunos de sus rasgos se abre para nosotros un mapa de posibilidades numerosísimas, pero vela Madoz por que esa resolución formal muy cuidada no anule la noción de que lo material es reflejo de lo pensado, dado que su objetivo último es retratar ideas abstractas, pensamientos y no realidades.
Comienza ejecutando bocetos previos sintéticos y a lápiz, para diseñar después composiciones ordenadas que, contra la opinión de críticos y galeristas, no quiere exponer como construcciones escultóricas, sin el filtro de la fotografía, al entender que no conforman obras acabadas. La toma de la imagen constituye, para él, la fase puramente creativa, la etapa en la que los objetos dados se convierten en algo distinto, en un ente con sensibilidad propia (en perlas si hablamos de gotas, en correas si hablamos de reglas, etc).

La quinta individual del artista en la galería Elvira González de Madrid comenzará el próximo 5 de mayo, formando parte del programa del festival PHotoESPAÑA. Reunirá trabajos recientes, realizados en 2024 y 2025 y, una vez más, nacidos del pálpito, del hallazgo y de una influencia magrittiana, en relación con el encuentro de dos elementos dispares, cuya unión quiebra la lógica. Los despliega, como siempre, en esos tonos blanco y negro que, para el autor, remiten a la infancia y al sueño.
Veremos objetos que Madoz ya utilizó, aunque con usos distintos: una jaula, pero ahora abierta; las aves que han escapado de ella se posan, en esta ocasión, sobre diferentes puntos geográficos de un mapa. En otra imagen, un guante de cetrería sostiene, en vez de las garras de un ave rapaz, una mariposa. Lo esperado no llega: estas obras vienen a demostrar que lo material no sólo alberga evidencias y que los objetos, por más que los domestiquemos, cobijan algo para ellos.
En palabras de Madoz: Para mí, de alguna forma cada objeto lleva encadenada una palabra o conceptos que vienen determinados por su uso, forma o capacidad de evocación. Jugar con ellos a la hora de determinar su posición o interrelación con los demás altera y multiplica los posibles significados. Abre brechas en la percepción y nos pone en bandeja una idea de realidad que resulta tremendamente maleable. Milagrosa.


Chema Madoz
C/ Hermanos Álvarez Quintero, 1
Madrid
Del 5 de mayo al 10 de julio de 2026
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