No es posible definir su trayectoria en términos de compromisos, pero si alguno ha mantenido Tracey Emin desde sus inicios en los ochenta ha sido el que ha vinculado su obra a la autoexpresión sin complejos: en sus manos, el cuerpo femenino y cuanto lo rodea han devenido medio de explorar la pasión, el dolor y la sanación.
La mayor muestra que se le ha brindado hasta la fecha -y no ha tenido Emin rachas expositivas menores- puede visitarse en la Tate Modern de Londres hasta el próximo verano y repasa esas casi cuatro décadas de andadura, desde sus instalaciones tempranas, como la fundamental My bed, hasta pinturas y piezas en bronce recientes y a veces inéditas.
Dado que esa producción está, de principio a fin, asociada a los sucesos de su biografía y a sus propias emociones, esta antología lleva por título “A Second Life” y se ha organizado en colaboración estrecha con la británica: cuenta con un centenar de pinturas, vídeos, textiles, neones, esculturas y artefactos en los que compartió, con sinceridad más o menos descarnada, experiencias de amor, trauma y crecimiento personal.
Comienza el recorrido presentando trabajos que formaron parte de la primera individual de esta autora: un compendio de sus creaciones de los ochenta y principios de los noventa que acogió nada menos que la White Cube. Podremos ver fotografías de pinturas que llevó a cabo durante su etapa de formación -imágenes porque las telas no se conservan, decidió destruirlas en un periodo difícil-, junto a Tracey Emin CV (1995), autorretrato narrativo de su vida hasta aquel año, y el conmovedor vídeo Why I never became a dancer (1995), el relato, también a cargo de la misma Emin, de sucesos traumáticos de su adolescencia en Margate. Al exhibirse unidas, estas propuestas introducen al espectador en el carácter íntimo y directo, hoy diríamos sin apenas filtro, de sus trabajos.

En realidad, la conexión honda de Emin con esa localidad de Margate, donde nació, ha pervivido en sus proyectos de antes y de ahora. Tras abandonarla precipitadamente con sólo quince años, regresó allí de forma intermitente durante su adolescencia y juventud antes de trasladarse a Londres, en 1987, para estudiar en el Royal College of Art.
Después de asistir al fallecimiento de su madre, justamente en Margate en 2016, y superar ella un cáncer de vejiga en 2020, decidió Emin asentarse allí de manera definitiva. En esta ciudad costera, frecuentada por turistas y estudiantes de inglés, estableció, además de su hogar, la Residencia Artística Tracey Emin, una escuela de arte gratuita con estudio propio. Muchas de las creaciones que podemos ver en la Tate están ligadas a este enclave y a sus recuerdos de infancia, que revisita y explora permanente: destacan Mad Tracey from Margate: Everybody’s been there (1997), que enfatiza los turbulentos años que pasó allí, revelando sus pensamientos a través de frases, cartas y dibujos bordados a mano; o It’s not the way I want to die (2005), montaña rusa elaborada en madera e inspirada en el parque de atracciones Dreamland con la que pretendía diseccionar sus ansiedades y su fragilidad.
Desvelar sus dolores ha sido para esta artista un modo de reducir o eliminar el estigma en torno a ellos, sabiendo que lo más habitual entre la mayoría es que no sean abordados: el neón de 2007 I could have loved my innocence y la pieza bordada de 2009 Is this a joke remiten a una agresión sexual, mientras que el vídeo How it feels (1996) se centra en su relato desafiante de un aborto fallido, dando detalles de la negligencia institucional y de las implicaciones físicas y psicológicas de rechazar la maternidad, en su caso. El mismo asunto lo trató en la colcha The last of the gold (2002), que se expone por vez primera e incorpora consejos para mujeres que se enfrentan a una situación similar.

Dos instalaciones ocupan el centro de la muestra: Exorcism of the last painting I ever made (1996), que documenta las tres semanas en que se encerró en una galería de Estocolmo intentando reconciliarse con la pintura, que había abandonado seis años antes tras su experiencia del aborto; y la citada My bed, nominada al Premio Turner en 1999, que simbolizó su recuperación tras una crisis provocada por el alcohol. Estas obras vendrían a invitar al visitante a transitar desde la que podemos considerar la primera vida de Emin -previa a esta cama, a aquel cáncer y la cirugía- hasta la segunda.

Su vivencia de la enfermedad se analiza de forma abierta en esta exposición, incidiendo en su desprecio por cualquier separación entre lo personal y lo público. La reciente escultura de bronce Ascensión (2024), que indaga en la nueva relación de Emin con su cuerpo tras la extirpación de su tumor, se complementa con nuevas fotografías que muestran el estoma con el que ahora vive.
La retrospectiva culmina con la artista investigando las dimensiones de esa segunda oportunidad a través de la pintura. Aunque el dolor y la angustia aún están presentes, sus ambiciosas pinturas de gran formato ofrecen una cualidad trascendente y espiritual, mostrando una determinación firme de vivir el presente. Junto a ellas veremos la escultura Máscara de la muerte (2002), que alcanza a ilustrar una vida exprimida al máximo.
Más allá de los muros de la Tate, otra monumental escultura de bronce, Te seguí hasta el final (2023), domina el área exterior del museo y anticipa la visceralidad que aguarda en el interior.


Tracey Emin. “Second life”
Bankside, SE1 9TG
Londres
Del 27 de febrero al 31 de agosto de 2026
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