Jordi Teixidor sostiene que el color es peligroso: entiende que puede conducirnos a resultados deleitosos y gratuitos y que hay que utilizarlo con mucho cuidado al convertirlo en protagonista. En sus obras, rara vez se conjugan más de tres y algunas de ellas están dominadas por el negro, no el trágico vinculado a la tradición española, sino uno que quiere que resulte sereno. Lo aplica con pincel y brocha, no con rodillo, para hacerse presente como artista dentro del cuadro, concediéndole esa forma de humanidad a la abstracción.
Su primera muestra institucional en Madrid puede visitarse ya en la sala Alcalá 31, ha sido comisariada por Ángel Calvo Ulloa y lleva por título “No-res”, en referencia a su interés por el concepto de una nada que nunca es total, pues apareja la opción de una presencia. La nada no es nada para este artista valenciano, sino una idea fundamental en la creación del siglo XX.
Se estructura la exposición en bloques cronológicos, pero no subraya la evolución de este autor desde los años sesenta, sino las grietas que podemos observar en unos y otros periodos y que los conectan entre sí, en ocasiones en forma de motivos formales recurrentes (puertas, ventanas, cruces) y otras atendiendo a desarrollos del color y la geometría; como subraya el comisario, hay piezas datadas hace veinte años que resultan más cercanas a las actuales que las de hace una década.


Teixidor no titula sus composiciones y trabaja en series, conjuntos que da por terminados una vez que alcanza las conclusiones que desea lograr, aunque éstas puedan no ser definitivas ni acertadas para él -aquí veremos seis de ellas, no estancas-. Nunca le ha interesado consolidar un estilo y en sus creaciones predomina la diversidad de ejecución, pese a que tengan en común la geometría y la ausencia de figuración. Responden esos modos de hacer a su propia concepción de la creación: afirma este autor que el arte no es concreto ni exacto, que ni siquiera estamos seguros de que exista y que el fin último de la historia (del arte) a lo largo de los siglos ha sido poder dilucidar lo que dicha creación es.
Muy inclinado hacia la filosofía y la literatura, sí encuentra una relación constante y fructífera entre la pintura y lo sagrado, aunque nuestro concepto de lo espiritual se haya transformado a lo largo de los siglos y hoy las pantallas estén modificando nuestra comprensión de lo cercano y lo sobrenatural. Para Teixidor, seguramente, más que ayudarnos a mirar, nos aturden.
En la planta baja se ha dispuesto una suerte de capilla, cuya arquitectura propia y sólida invita al espectador a adentrarse en su interior, un tipo de montaje que ya había empleado en exposiciones anteriores. Encontraremos en ella tres piezas muy verticales y de gran formato que comparten tonalidades negras y verdosas, pero lo importante de este espacio, para el artista, no serán tanto esas obras como la experiencia de quien se sitúe entre ellas: las reflexiones que puedan propiciar.

A ese pequeño templo nos conduce una vitrina, espina dorsal de este proyecto, que compila sus treinta cuadernos de dibujo, que parcialmente se vieron ya en exhibiciones en las sedes de la Fundación March en Cuenca y Palma y en el IVAM valenciano. A las colecciones de este último centro pertenecen ocho de ellos; el resto continúan en manos de Teixidor y no constan sólo de bocetos, sino de los planteamientos que luego desplegará en las pinturas que los rodean en Alcalá 31.
Enseñarlos aquí envuelve al público en una cierta intimidad: integran una suerte de diario creativo y albergan dudas, equivocaciones y aciertos. Tanto en las telas como en los trabajos en papel comprobaremos cómo, en la producción de este autor, no es el tema el que hace el cuadro, sino al revés: cree que ha de ser la propia pintura la que se manifieste en las superficies.


La mayor parte de sus propuestas en la planta superior se fechan en los setenta y los ochenta, y una de las más interesantes la elaboró entre Nueva York y Madrid a partir de un gran rollo de papel que encontró en su estudio. Fue un proceso de años: cada día trazaba en él líneas con lápiz grueso, una pequeña parte como rutina, hasta que la pieza se fue completando, por cansancio de Teixidor y también de la misma obra. Pese a su soporte y al uso de lápiz, no podemos entenderla como dibujo: se encuentra más cerca de la pintura e incluso del arte de acción y, por ese mismo proceso, cobija una dimensión temporal.
Se ha dispuesto este trabajo junto a un conjunto de óleos sobre papel en los que geometrías negras se asientan sobre el blanco con un sentido musical; poco parecen tener que ver con la imagen anterior -suponen orden frente a la expresividad de la mano libre-. Reclama el artista que composiciones muy diversas puedan salir de la misma mano y contar cada una con su interés particular.
Culmina la exposición con un repaso a sus procedimientos compositivos en el que, necesariamente, están muy presente la cruz (el orden y la línea) y también el gesto: la primera, como signo básico del cruce entre una vertical y una horizontal; como símbolo religioso, un sentido que ni busca ni rechaza; y como referencia a la inicial de su apellido. No se considera Teixidor un pintor geométrico en puridad, sino uno que utiliza la geometría como herramienta porque sus formas le conducen allí donde desea; estas cruces son ejemplos.
En referencia a la primacía del gesto en parte de su producción, veremos piezas inspiradas en la observación de la naturaleza, de la realidad en general. Nunca ha trabajado el valenciano a partir de fotografías, pero sí desde su propia mirada al entorno. Ni siquiera en este caso, sin embargo, las formas flotan, sino que cuadrículas bien visibles las ordenan.


“Jordi Teixidor. No-res”
C/ Alcalá, 31
Madrid
Del 19 de febrero al 19 de abril de 2026
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