A finales del año pasado decíamos en esta sección que una de las películas recientes más aventajadas a la hora de mostrar las condiciones de precariedad laboral de los trabajos repetitivos hoy y, sobre todo, sus consecuencias en forma de anulación del tiempo libre y de las relaciones era On Falling, de la portuguesa Laura Carreira. Su protagonista se empleaba en una fábrica de luz macilenta cuyos asalariados apenas mantenían contacto entre ellos, y a la salida el ambiente no era mucho mejor, en un piso habitado por perfectos desconocidos en alquiler.
Es curioso que una inquietud parecida la sugiere Turno de guardia, de Petra Biondina Volpe, cuando la labor de su personaje central, Floria (la sólida Leonie Benesch) no guarda relación ninguna con la de aquella reponedora. La trama única de esta película se basa en una jornada de trabajo (cualquiera) de una enfermera de hospital, desde su entrada hasta su salida; por oficio, uno de los pilares de sus obligaciones es la calidez y el adecuado contacto humano con los pacientes, a veces en sus horas últimas, pero el hecho de no estar acompañada de personal suficiente, y la constante demanda de prisa, justificada y no, le obligan a atender un rosario constante de urgencias. A enfrentar una montaña de estrés y a cometer errores posiblemente evitables -y potencialmente graves- si su ritmo fuera otro.
Físicamente Floria parece una mujer frágil y menuda, pero sobre ella se sostiene el equilibrio físico y mental de toda una planta de enfermos graves, y sólo quienes comparten puesto y posición con ella entienden en qué condiciones está trabajando y hasta qué punto es relevante conceder un trato digno a los pacientes. Sobre todo cuando, viendo las orejas al último lobo, la información y los minutos dedicados son medicina.
La cámara no descansa siguiendo el ritmo de la protagonista, que a su vez es el punto de engarce de un friso de individuos de diferentes personalidades, clases sociales y estados físicos; en el fondo, encarnan las edades del hombre y un catálogo de sus circunstancias. A cada uno, y en la medida en que sus humanas fuerzas se lo permiten, Floria les concede el trato que necesitan: nanas para apaciguar, promesas de compañía, esperanzas si las hay, algún castigo si el enfermo exasperante lo merece.
El personaje de Benesch representa la calma y la paciencia puestas continuamente a prueba, y no es la primera vez que esta actriz alemana transmite ese mismo temple. A sus escasos treinta y cinco, ha elegido sus papeles con fortuna: en Sala de profesores o September 5 interpretaba a profesionales, una profesora y una traductora, con ingente contención e igualmente en contextos límite.
Sustenta un casi continuo plano secuencia y, aún más, Volpe la convierte en símbolo: el de los trabajadores que por muy poco llevan a su espalda organizaciones enteras, sin apenas reconocimiento y aún recibiendo ocasionales alfilerazos. Las referencias finales a la escasez de personal sanitario, tanto en Suiza como en España, apuntan en esa dirección, pero la directora sabe escapar de la reivindicación ruidosa para realizarla con una delicadeza infrecuente.


