NUESTROS LIBROS: La casa de verano

28/08/2025

Masashi Matsuie. La casa de veranoNo existe una relación de jerarquía entre el conjunto y los elementos más pequeños. El feto entra en contacto con el exterior a través de la punta de los dedos.

Data de 2012, pero supimos de La casa de verano a principios de este año: Libros del Asteroide ha publicado la que fue la primera novela de Masashi Matsuie, un autor tokiota hasta entonces desconocido para nosotros que por esta obra obtuvo en su país el Premio Yomiuri, destinado habitualmente a escritores de más larga trayectoria. Es, además, el único de sus trabajos traducido al castellano.

Editor y creador de un sello literario llamado Shincho Crest Books, es posible que Matsuie tenga conocimiento por oficio de los mimbres de una buena novela, entre ellos el manejo adecuado del ritmo de la narración, pero sólo por esa experiencia no puede explicarse lo logrado en La casa de verano, un relato, sin duda alumbrado desde el estudio y la pausa, que nos introduce en el funcionamiento cotidiano -la palabra es injusta por maquinal- de un estudio de arquitectura nipón encabezado por un imaginado discípulo de Frank Lloyd Wright, un individuo sabio, observador y meticuloso que contagia en quienes trabajan con él esas formas de hacer: Shunsuke Murai. No sería acertado referirnos a sus colaboradores como empleados: éstos aprenden de él, y aportan a sus proyectos lo mejor de sus ideas, pero finalmente tomarán rumbos propios, abriendo sus firmas personales. Crecen junto a Murai antes de volar por sí mismos, y a nadie le extraña que sea así.

El punto de vista adoptado en esta trama es el del último miembro en incorporarse a este equipo, Tôru Sakanishi, un arquitecto que acaba de finalizar sus estudios y que, de forma un tanto inesperada para unos y otros, es aceptado por Murai, que aprecia en él cualidades que en principio ni él mismo conoce, pero que, en el transcurso de este texto, acabará encontrando. Entretejiendo, en unión continua, las vivencias y relaciones personales de Sakanishi y del resto del grupo con el avance del último de sus encargos, el de la desafiante Biblioteca Nacional de Literatura Contemporánea de Tokio, Matsuie ha conseguido ofrecernos un elogio de la lentitud y de la observación del detalle, aplicados a esos dos terrenos -el de la vida y el del diseño- y valiéndose él mismo de estos principios a la hora de escribir.

La casa de verano no tiene por qué atraer sólo a quienes guarden interés por la arquitectura y sus procesos, sobre todo sus procesos, sino que podrá seducir a quienes aprecien la creación minuciosa, la mirada a lo pequeño, lo grande y a su conjunción: el trabajo que no puede realizarse rápido y que es medido con precisión amorosa para que en sus resultados nada sobre ni falte, ninguna menudencia genere incomodidad. Si así ocurre, aunque se trate de un mal gozne, se volverá a empezar, conforme a un espíritu que tiene mucho que ver con la cultura japonesa -salvando complejidades, podemos decir que movía también al Hirayama de Perfect Days-.

Son aciertos mayores, igualmente, de esta novela, la inserción de las labores y de las obras del equipo de Shunsuke Murai en la naturaleza, a cuyos rigores y placeres quedan sometidas, y el protagonismo concedido a algunos de sus usuarios: ancianas que, en el paso del tiempo, continúan identificándose con los espacios que habitan, porque éstos, como se señala en el texto, también saben responder a estados de ánimo cambiantes. No se trata de un relato sobre el deseo de perfección, sino sobre el lujo de dudar y concederse terreno y tiempo para hacerlo, sabiendo que toda obra contendrá sombras.

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