La Acrópolis sigue siendo el telón de fondo en el que toman forma nuestros pensamientos.
Hace ocho años, el nombre de Andrea Marcolongo comenzó a sernos familiar a partir de la publicación, muy bien acogida en Italia, de La lengua de los dioses: una joven autora de entonces treinta años desmenuzaba en ella las razones por las que la lengua griega (antigua) no ha perdido su capacidad seductora; tenían que ver con la rareza bella de su alfabeto, con su suficiencia temprana para expresar emociones atemporales, e incluso un sentido particular del tiempo, y con una probable añoranza hacia un pasado lejano y distinto -mucho, como prueban sus grafías- pero con el que, al menos los moradores en torno al Mediterráneo, no hemos dejado de sentirnos conectados, en una forma de anhelo. Aunque contenía esa publicación claves para comprender el idioma, no se trataba, ni mucho menos, de un manual ni de un ensayo académico, sino de un texto en el que Marcolongo daba cuenta de su pasión por una lengua que no habría perdido su vigencia a la hora de explicarnos como sociedad y quizá individualmente; la anticipaba en el prólogo: No existen lenguas muertas o no muertas, lo que existe son lenguas fecundas, tan fértiles como el griego, que forman parte de vuestra lengua materna, tan potentes que forman parte de vosotros mismos.
Tras La medida de los héroes, Etimologías para sobrevivir al caos y El arte de resistir, el año pasado Marcolongo volvió a librerías con otro ensayo en el que rendía tributo a la cultura griega, entonces no desde su lengua sino desde sus piedras: Desplazar la luna. Mi noche en el Museo de la Acrópolis. Tras arduas gestiones, y con bastante sorpresa por parte de los empleados de ese centro, el editor de esta periodista, licenciada en Letras Clásicas en Milán, conseguía que pudiera pasar una noche entera, y en soledad -con pocas prohibiciones más allá de las obvias-, en este museo de corta vida. Entre las escasas posesiones que llevó con ella para la que, explicaba, era seguramente su primera noche fuera de una cama, se encontraba la biografía de Lord Elgin, el político y soldado británico que pergeñó, siendo embajador de su país en Constantinopla en los primeros años del siglo XIX, la salida desde Atenas hacia el Reino Unido de los que ahora se conocen como Mármoles de Elgin, los relieves y estatuas que sobrevivieron a la conversión del Partenón en polvorín turco durante la sexta guerra otomano-veneciana, la Guerra de Morea. No sólo procedían, en realidad, del Partenón: también del Erecteión, los Propileos y el Templo de Atenea Niké.
Al margen de repasar la difícil puesta en marcha de ese museo, que no alcanza los quince años de andadura pero cuyo proyecto era bastante anterior -el suelo ateniense sigue siendo muy rico en pasado-, se plantea ante los hallazgos sí recogidos aquí las ramas de sus conexiones europeas (su relación un tanto distante con su Italia de origen, ligada a su doble orfandad; sus esfuerzos por mimetizarse entre franceses, dado que reside en París; y su vocación hacia lo griego); y profundiza en el peso de las ausencias y las pérdidas en la historia de las colecciones del museo y de lo que implica el asunto espinoso del desarraigo de ciertas obras de arte y de sus restituciones, desde una perspectiva literaria y emotiva, pero siempre apegada a la historia griega y al simbolismo de los restos diseminados de las esculturas del Partenón (que no se conservan únicamente en el British Museum, también en Francia, Dinamarca y Alemania; Italia lo ha devuelto todo).
Su relato, el de la ausencia como presencia más punzante en sus palabras, entrecruza historia, literatura y narración personal; y por eso dudas: Marcolongo llega a cuestionarse quién es ella para juzgar a figuras como Elgin y cuánto tenemos todos de saqueadores no culposos de tradiciones ajenas, al tiempo que se duele ante las piedras mutiladas. Su propósito inicial es intentar comprender el cómo y el porqué de los muros degradados -de nuevo, no sólo un asunto británico-; nuestra consideración de la cultura clásica, asentada durante demasiado tiempo en la amnesia; lo que la actividad mercantil con el propio pasado dice de nosotros, de nuestra capacidad de memoria y agradecimiento; e incluso cuánto hay de azar y destino en el devenir de los mármoles y de quienes tuvieron que ver con sus paraderos (Elgin conoció sucesivas ruinas).
No todas sus reflexiones relativas a la explotación del pasado se formularon, evidentemente, con ánimo de ser compartidas, pero en conjunto procura evitar la autora las lecturas demasiado simples; Desplazar la luna no ofrece una historia desconocida, sin embargo, la esboza de forma personal, actual y sensible. Formula Marcolongo que a la sombra del Partenón es donde realmente somos, mientras que lo que hacemos en el primer plano de nuestro presente sin memoria es ir y venir.