Era cuestión de tiempo que alguna de las novelas de Maggie O´Farrell llegara al cine; de hecho, podía ya extrañarnos la tardanza. La producción de esta autora irlandesa, pese a la mácula que para muchos fue Retrato de casada, no es precisamente irregular; desde la primera novela suya en traducirse al castellano – La extraña desaparición de Esme Lennox, hace veinte años y en Salamandra-, pasando por todos sus trabajos editados en Libros del Asteroide, ha demostrado que su terreno es el de los secretos y dolores familiares y que sabe narrarlos con tacto y tiento.
Su relato más celebrado por ahora, que nos llegó en 2021, ha sido Hamnet, imaginamos que un atrevimiento en Reino Unido por plantear una dimensión familiar inesperada y desconocida de Shakespeare. No es demasiado lo que se sabe de su personalidad -de ahí las infinitas divagaciones-, pero sí que constan en archivo la existencia de su esposa y sus hijos, con los nombres manejados por O´Farrell (salvo el de su mujer; la escritora eligió Agnes porque así figuraba en el testamento de su padre), y la muerte temprana del mismo Hamnet, único niño de la familia.
Él da nombre también a la película que acaba de llegar a salas, con la escritora como guionista junto a la directora Chloé Zhao. No podemos decir que el film entronque con los rasgos habituales de la obra de esta cineasta china hasta ahora: Nomadland y The Rider, sus únicas creaciones aquí estrenadas antes de Hamnet, se centran en la intimidad de individuos solitarios y heridos, cuyo hogar son las llanuras, mientras que en este último trabajo no hay soledad, sino la familia doliente pero unida de la novela. En definitiva, aquí los diálogos ganan con mucho a los silencios y al espectador se le emociona de forma menos sutil que en esas otras historias que hemos mencionado.
Partiendo de esa base, de que The Rider y Nomadland nacen de las inquietudes personales de Zhao y Hamnet surge de un encargo, con sus condicionamientos (llega para gustar), tanto la cineasta como O´Farrell, que no son talentos pequeños, han alumbrado una película que responde muy bien al espíritu del texto y que, como aquel, bucea en las supuestas vivencias que precedieron la escritura de Hamlet y su representación primera en Londres.
Hamnet -novela y película- deben su buena acogida a la lectura alternativa del duelo que articulan: si Shakespeare convirtió, en ese drama, la muerte de un joven que casi compartía nombre con su hijo, ya fallecido, en parte de una guerra política ante una corte, y ante el espectador, O´Farrell/ Zhao nos conducen a otro escenario, el de la casa, el dolor de los padres y los hermanos; lo privado. La cara oculta de ese mito y de todos.
La fidelidad a lo literario es elevada -prácticamente la única divergencia es la linealidad en la narración, que resta trabajo al público y lo dispone en la situación propicia para conmoverse sin dificultades, sobre todo de cara a una escena final que supone la coronación de la película-. Aunque su banda sonora, de Max Richter, no sea en este desenlace precisamente inédita, rema muy a favor de la catarsis teatral colectiva llevada a la pantalla.
No hay interpretación que haga desvanecer a Hamnet, pero los matices de carácter, timidez y desgarro que sabe transmitir Jessie Buckley componen, como mínimo, una de las mejores del año.


