Es un thriller de espías, un film de época ambientado en la dictadura de Castelo Branco en Brasil -sin que haga falta nombrarlo- y la historia de una familia desunida a la fuerza, pero ninguna de esas clasificaciones le hace justicia a El agente secreto, de Kleber Mendonça Filho. Este cineasta no había tenido miedo a conjugar el western y el realismo mágico en Bacurau (2019); esta vez se ha situado muy lejos de la distopía con un trabajo que, desde el principio, parece querer ser percibido con más sentidos que la vista y el oído: los cadáveres huelen y atraen animales; una pierna, fría y sin compañera, ha de ser manualmente extirpada de la boca de un tiburón muerto; y las tonalidades (de cielos, coches, la ropa) evocan el pasado, mucho más que cualquier referencia temporal concreta.
El tono de El agente secreto lo da su primera secuencia, en una gasolinera de carretera secundaria en la que un cuerpo pudo quedar devorado por perros y un individuo discreto en un escarabajo pudo ser, con razón o sin ella, arrestado, y nada de eso sucede. Aparentemente por azar. Avanzando en la trama, casi todo estará a punto de ocurrir para una tela de araña de personajes conectados por su oposición al poder o su servicio interesado a él; muy progresivamente, y nunca de forma abierta ni evidente, el espectador conocerá sus relaciones. Pero, sólo en el tercio final de la película, esas tensiones apuntadas tomarán cuerpo y nos dejarán saber quién es quién, por qué se buscan o qué se deben. De alguno de los secundarios, incluso, no llegaremos a averiguar su nombre real: en esta malla de resistentes y cloacas de la dictadura, los datos de los que fiarnos son los justos.
Lo personal se entreteje con ese submundo discreto y violento, con delicadeza: una esposa joven y valiente murió, un niño no vive con su padre y lo echa de menos, unos abuelos son vigilados, y otros vigilados, para serlo menos, comparten techo y se cuidan.
Esa red crece para el público de forma hipnótica, bien hilvanada pero nunca del todo cerrada; a Mendonça Filho parece resultarle más interesante retratar con trazo fino a cada personaje, introducir algún retazo de magia (un gato con doble cara y doble nombre, una extremidad con vida propia), que proporcionarnos apuntes que podrían concluir su historia pero que no la mejorarían. Ni los necesitamos.
Wagner Moura, de oficio siempre esquivo, es la figura que enlaza a todas las demás; su protagonismo tiene que ver más con ser el nexo de una sociedad entera que con ejercer de hombre central de la trama. Una trama sobre la vida a sottovoce en un país corrompido en el que, como el director deja claro más de una vez, lo publicado en los periódicos es sólo la punta, el indicio, de un enorme iceberg que la mayoría ni oteará.
El gran acierto de Mendonça ha sido, en todo caso, convertir en táctiles y emocionantes no sólo las secuencias de acción, también las escenas sin perturbación; transmitir al espectador la polvareda, la humedad, la putrefacción y el miedo. Su acercamiento a ese momento político es del todo distinto, menos explícito y mucho más juguetón, al de Walter Salles en la reciente Aún estoy aquí, pero en su sentido último El agente contiene también memoria y denuncia. Sin convertirlas, del todo, en su razón de ser.


