Sergei Loznitsa, cineasta bielorruso criado en Kiev y formado en Moscú y San Petersburgo, es autor de un buen número de documentales fundamentales sobre la historia rusa reciente en los que deja que las imágenes y los sonidos reales de los que puede disponer hablen por sí mismos, sin necesidad de hacerse presente en esos films más allá de su montaje.
Así, The Trial recoge el arbitrario juicio a un grupo de economistas e ingenieros acusados de intentar perpetrar un golpe de Estado contra el gobierno soviético, en 1930; Babi Yar. Context muestra la terrible matanza nazi en ese barranco de las afueras de Kiev, en 1941; State Funeral es una crónica apabullante, por contenido y por duración, del funeral de Stalin y los ritos asociados a él; El último imperio examina el declive de la URSS y el comunismo; Victory Day sigue el rastro de los rusos que, cada 9 de mayo, continúan reuniéndose para celebrar la victoria sobre Alemania en 1945; Mr. Landsbergis retrata al político lituano; y Maidan nos traslada a esa plaza de Kiev durante las protestas contra Yanukóvich de 2013-2014.
La ficción ha sido menos frecuente en su carrera, pero se ha valido de ella, en general, para mostrar cómo la maquinaria soviética en su momento, y la putinista hoy, determinan las vidas de individuos particulares: ha sido así en My Joy, donde un camionero pierde la esperanza al tiempo que se extravía en los campos rusos; y en Donbass, donde recreaba la sociedad de esa región, dividida por las tensiones políticas.
Ha retomado esa senda, aunque volviendo atrás en el tiempo, en Dos fiscales, ahora en cines. Esta trama, amarguísima y muy cuidada en detalles que obligan a una mirada atenta, comienza y termina en una prisión opaca y, aproximadamente a la mitad del metraje, vaticina brillantemente y con discreción su desenlace, sin que intuirlo nos lleve a desconectar de su desarrollo. Se basa en un relato corto de Georgy Demidov, con el mismo título y podemos suponer que inspirado en su propia experiencia, porque él fue detenido y severamente interrogado en 1938; la película se ambienta un año antes.
Son muy escasos los escenarios en que este trabajo compendia la sinrazón de la justicia soviética, unos claustrofóbicos y otros inmanejables por vastos; todos sometidos a una luz gris que niega la esperanza e ideados, con bastante claridad, para deshumanizar a quien los recorra.
Unos y otros son atravesados, con dificultades de orientación, por un joven fiscal recién nombrado que recibe, casi milagrosamente, la petición de un preso político de ser visitado y que trata de cumplir con sus obligaciones como si en su país imperasen las normas y no el arbitrio. Su actitud y seriedad parecerán en un principio las de un profesional cándido; progresivamente tendremos dudas sobre si lo suyo era inocencia o compromiso ético.
Esquiva Loznitsa exhibir la violencia, pero sí es preciso retratando sus huellas, los engranajes de la vigilancia y la terrible esperanza de tantos antiguos adeptos a Stalin de que las altas autoridades no fueran conscientes de la pobreza generalizada y de lo que ocurría entre barrotes -una impagable conversación en un tren abarrotado da la medida de su error-. Los encuadres cerrados, y el rigor de la escenografía, subrayarán que no tiene escapatoria el fiscal recto al destino que le es predestinado, incluso en la película, por demandar una investigación de los abusos.
En el magma de trabas, espaciales y verbales -pasillos y circunloquios, circunloquios y pasillos-, el cineasta acierta al insertar cierto humor en los diálogos: el alivio necesario donde no corre el aire.


