
Cuando el fin de semana pasado el Palazzo Strozzi y el Convento de San Marcos de Florencia se despidieron de la exposición “Beato Angelico”, terminó también una sucesión de milagros discretos. Hacía más de setenta años que esta ciudad no dedicaba una exposición amplia a Fra Angelico – aquí casi era otra época, antes de la gran inundación del 66- y, además de reunir piezas de las mejores colecciones europeas y estadounidenses, pudieron compartir espacio, por primera vez en siglos, composiciones de retablos que fueron disgregados.
Antes de que las salas del palacio se abriesen al público, al menos en los últimos fines de semana, algunos centenares de personas esperaban ya rodeando su patio y la Piazza Strozzi, lidiando con un frío riguroso como si fuera liviano y encarando el paso de las horas -hasta cuatro- como si la espera no tuviese nada de particular. No lo tiene, salvo porque la edad media de estos visitantes bailará entre los setenta y los ochenta, y no demuestran ninguna impaciencia, salvo por algún intento discreto de adelantar un par de puestos. De estos avispados tampoco nadie se queja, bajo los carteles con la mirada benéfica de las vírgenes más dulces: las del retablo franciscano de la Santa Croce y la de la Humildad, que viajó desde el MNAC de Barcelona y pertenece a la colección Thyssen.
Cuando estas hordas templadas lleguen a las salas, con las paredes del mejor azul celestial que se pudo elegir, y apenas dejen espacio ni tiempo para detenerse ante cada imagen algún minuto, los decibelios en el Strozzi tampoco suben demasiado. Algo consigue que los comentarios no imprescindibles queden para la salida, y alguien opina que esa vieja Europa en fila ha comprendido algo, o que ya lo entendía e iba allí a confirmarlo, y sabía además que no era necesario decirlo entonces muy alto.
Fueron los románticos quienes más a fondo invocaron la espiritualidad evidente en la obra de Fra Angelico, su misticismo y su concepción del ejercicio de la pintura como parte de su oración, como contaba Vasari, y olvidaron a veces su inmersión en la cultura florentina del siglo XV, en un Renacimiento del que se empapó. Pero es cierto que ni mirando nada más que al cielo ni estudiando sólo la mejor Florencia puede entrarse por las puertas del beato patrón de los artistas: nacido algo antes de 1400 en Rupecanina, cerca de la ciudad, fue monje dominico aproximadamente desde su veintena y ya pintaba antes. Su prestigio como artista creció parejo a su ascenso en la carrera eclesiástica; dice el mismo Vasari que, por humildad, renunció a ser arzobispo. Y, si hacemos caso de nuevo a Las vidas, rezaba y lloraba antes de tomar los pinceles y explicaba que la armonía y la gracia que conseguía con los colores y las formas -sólo suya, como se vio en la exposición al confrontarlo a sus contemporáneos- tenía su origen en esa fe y sus sufrimientos.
Conocía la capilla Brancacci y las reglas perspectívicas que aplicó Masaccio: ni las desdeñó ni dejó de entender la naturaleza como un motivo para admirar a Dios, más que para experimentar. Su encanto y su énfasis en la belleza de lo santo y en lo negro del infierno atraerían a los fieles ingenuos, pero no sólo a ellos y no únicamente gracias a cualidades sensoriales. Y sigue siendo así: si buscábamos en la muestra al Beato Angelico que pinta las manifestaciones de la belleza de Dios, estaba, desde luego, allí; el intelectual que teorizaba sobre la debita proportio, eso en lo que la vista se complace, también estaba. Cuando tomó partido en discusiones artísticas, defendió que una pintura podía ser religiosa, aunque no fuera ese su tema, y que el arte podía ser moderno sin abordar asuntos laicos. La luz de sus imágenes no es medieval; tampoco parte de ningún foco fuera de las mismas figuras: habla de una perfección originaria, una armonía entre el individuo y quien lo plantó en el suelo.
En realidad, Fra Angelico fue un completo independiente: supo bien lo que las tendencias marcaban y eligió decantar ese conocimiento según su propia fe y su deseo de mostrar el origen y el destino de lo que tuvo por bello y bueno.
Alguien en la cola dijo: Éramos todos appassionati di Beato Angelico y no lo sabíamos.



