Las últimas semanas han sido ricas en noticias sobre incorporaciones a las colecciones del Museo del Prado. Se ha sumado a sus fondos Feria francesa (hacia 1876), una composición inédita del pintor puertorriqueño Francisco Manuel Oller Cestero, uno de los escasos autores latinoamericanos ligados a la vanguardia parisina del siglo XIX: tuvo relación con Camille Pissarro y Paul Cézanne y conjugó trazos cercanos al impresionismo con motivos ligados a la sensibilidad caribeña.
Su entrada en la colección del Prado posibilitará contextualizar mejor el diálogo artístico entre España, Francia y los territorios del Caribe en la segunda mitad de ese siglo XIX; por ahora, la pieza se expone en la sala 62B del edificio Villanueva, tras ser adquirida en subasta (con fondos propios de esta institución) y restaurada.
Feria francesa representa una parada de circo sumido en plena actividad, con un tiovivo, el anuncio del espectáculo circense, tenderos y visitantes que se disponen en distintos planos de profundidad. Oller se vale de una pincelada ágil y en su pieza predominan los grises, ocres y los colores suaves que evocan la atmósfera húmeda y cambiante de la capital francesa en esos años. Los edificios, ejecutados con trazos rápidos, actúan como marco para los personajes, cuidados en cuanto a gestos, indumentarias y relaciones entre ellos.

Por otro lado, María y Luisa, las hijas del pintor, de Luis Paret, puede verse ya en la sala 20 del museo; es parte del legado del historiador del arte Juan José Luna, y se expone junto al retrato de María de las Nieves Micaela Fourdinier, esposa de ese pintor, con el que formó originalmente una única plancha de cobre antes de ser dividida.
Datada en 1783, la composición pertenece a un periodo en el que Paret experimentaba con el óleo sobre cobre, un soporte que logra acabados precisos y brillantes. En ella, el artista enmarca la escena con un elaborado trampantojo que se asemeja a un marco de piedra adornado con cortinas doradas, un sombrero de paja, hiedra y flores, elementos que tiene en común con el retrato de su esposa y que subrayan el aire bucólico de la pieza.
Las protagonistas son María y Luisa, hijas del pintor, de tres y dos años en ese momento. Paret las representa aquí como ninfas en un paisaje natural: María porta una pandereta y abraza a su hermana, mientras Luisa juega con un perrillo y lleva una chichonera. La escena, como dijimos en plena naturaleza, puede asociarse con las ideas educativas de Rousseau, influyentes en el ambiente ilustrado que el artista conocía. En la esquina superior izquierda vemos un fragmento de columna cuyo basamento cuenta con un mascarón de función protectora, relacionado con figuras como Bes — divinidad ligada a la infancia y la fertilidad— o Medusa. Este detalle, junto a la inscripción en latín que identifica a las niñas (y en griego en el caso del retrato de la madre), probaría el interés de Paret por la Antigüedad clásica y las lenguas antiguas, rasgo raro entre sus contemporáneos españoles.
El doble retrato de las niñas y el de Fourdinier fueron elaborados sobre la misma plancha de cobre, que después se separó. Las dos obras se encontraban entre los materiales de taller que Paret planeaba trasladar a Madrid en marzo de 1787, algo antes de su retorno definitivo, revocada su pena de alejamiento. Fue en el pequeño formato donde este autor condujo a su máxima expresión la minuciosidad y el brillo propios de su talento.

Tras dos incorporaciones, una prolongación. La obra Trece riendo unos de otros del escultor Juan Muñoz, que quedó instalada en el acceso peatonal a la Puerta de Jerónimos del Museo del Prado al comenzar su exposición “Historias de arte”, continuará dos años más en su actual ubicación, gracias a la generosidad de la institución que gestiona la obra y los derechos del artista madrileño. La instalación ya ha recibido una prórroga temporal de los preceptivos permisos del Ayuntamiento.

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