Nació en Zürich en 1924 y siendo muy joven, en 1947, se trasladó a Estados Unidos; era para entonces fotógrafo y, en ese país, comenzó llevando a cabo encargos comerciales para revistas. Ya en 1954 sintió Robert Frank el impulso de encontrar su propia voz y de articular un relato visual amplio y ambicioso del que era su país de adopción: logró dos becas de la Guggenheim Foundation para emprender viajes por carretera de oeste a este retratando su situación social en esos años posteriores a la II Guerra Mundial y los valores que en ese momento entraban en conflicto. Los textos de solicitud daban fe de su talante grandilocuente y su autoconciencia -quería captar visualmente la “civilización americana”, con fines más artísticos que documentales y resultados lo suficientemente contundentes para no requerir explicaciones textuales-. No tardó Frank en darse cuenta de que sus visiones terminarían dando forma a un libro.
Frente a los instantes decisivos de Cartier-Bresson, logrados gracias a la habilidad de ese fotógrafo de estar en el lugar adecuado en el momento oportuno, se dice a menudo que al suizo le interesaban los momentos intermedios, aquellos que parecen apuntar a emociones diferentes, en colisión. Sus imágenes ofrecen instantes desordenados y ángulos inclinados, pero en ellas no hay nada de accidental: describen lo que el artista sentía ante lo que tenía delante, que en la mayoría de los casos veía por primera vez. Conjugan, igualmente, el rigor de su formación germana con la inmediatez característica de la fotografía americana: era Frank tan consciente de su empresa que el orden de las obras no cambió en cada una de las quince ediciones que llegó a preparar, y es posible establecer entre unas y otras piezas relaciones, incluso un cierto propósito narrativo.
Esa fue, en parte, la razón (la otra fue un contenido, a veces, ambiguo en sus posibilidades críticas) de que esta serie, que se llamó Los americanos, fuera recibida con cierta hostilidad, cosechando epítetos como Mala fotografía. Fea. Vulgar. Antiamericana. Comunista. Otros, sin embargo, supieron reconocerse incómodamente en estas fotos, sobre todo en esas zonas ocultas sometidas al mito y al autoengaño, el reverso de escenas de falsa felicidad que quizá él, como inmigrante, conoció bien. Aún así, pese a su lado underground y su querencia por las minorías, no tardó en ser aceptado por el establishment.
Desde entonces hasta ahora, como sabemos, la consideración general de Los Americanos ha cambiado por completo: transcurrido el tiempo suficiente para contemplar de otra manera las complejidades de los cincuenta, esta serie es interpretada como un valioso retrato oficial de cómo fueron aquellos años e incluso como un anticipo de lo que estaba por llegar: los movimientos por los derechos civiles, el malestar por la cultura del consumo. Él, en todo caso, no deseaba lecturas fáciles de su trabajo, y señaló que cualquier crítica procedía del amor.

Robert Frank. Trolley – New Orleans, 1955. Serie Los Americanos
Atraviesa estas composiciones una sensación de desencanto, la impresión de que quedaba mucho por hacer para conseguir que Estados Unidos fuera un lugar mejor. No quiso este creador que su objetivo se pusiera al servicio de los sueños proyectados, sino de las vivencias o emociones reales de los sujetos que captaba, en línea con una corriente humanista en la fotografía de entonces que anhelaba, ante todo, la honestidad y no esquivaba el compromiso. Y parece mirar con algo más de cariño a las clases humildes que a las pudientes, a los trabajadores de las fábricas y la comunidad negra que a las estrellas de Hollywood, si bien aquí nadie es indultado.
No hay que olvidar que, en aquellos años, una de las grandes amistades de este artista era Walker Evans, que pertenecía a una generación anterior (era veinte años mayor que él) y fue una suerte de maestro que le brindó apoyo y consejos. Incluso Frank llegó a ser su asistente en algunos encargos y fue él, junto con Edward Steichen, quien lo animó a postularse a aquellas becas Guggenheim. También se codeó con la Generación Beat.
16.000 kilómetros y casi medio centenar de estados recorrió Frank, en grandes trayectos por carretera o en breves escapadas a Nueva York. Su camino ha podido seguirse gracias a una abundante documentación, pero algunos tramos permanecen en niebla; en la mayoría de las ocasiones viajó solo y otras veces junto a su recién formada familia.
Su cámara era una Leica de 35 milímetros y película en blanco y negro, permitiendo cada carrete treinta y seis exposiciones; cuando acabó Los Americanos, había disparado Frank cerca de ochocientos rollos: 28.000 imágenes de las que para el libro escogió noventa y tres (para hacernos a la idea, una por cada 337 disparos, aunque de cada escena en particular rara vez realizará más de una instantánea).

Robert Frank. City Fathers – Hoboken, New Jersey, 1955. Serie Los Americanos

Robert Frank. Funeral – St. Helena, South Carolina, 1955. Serie Los Americanos
Las escogidas recogían su interés por quienes conocían la vida alienada a pie de asfalto o eran víctimas de tensiones raciales, por aquellos primeros afanes consumistas, el nuevo amor por los automóviles y los discos o las banderas estadounidenses, que dan inicio a cada uno de los cuatro capítulos de este volumen, normalmente arrugadas, sucias o tapando rostros. Intencionadamente, se valía del desenfoque, los encuadres desequilibrados o las anécdotas: subrayaba así que el de posguerra era un mundo fragmentado, también dentro de cada país, al tiempo que dejaba ver el peso del cine en su producción, sobre todo de la inestabilidad de las obras filmadas con cámara en mano -a ese medio, desde una vertiente experimental, se dedicó tras concluir Los Americanos-.
Hay que recordar, asimismo, que en esta época era, más que el cine, la televisión el medio que desplazo a la fotografía de su trono en la cultura visual estadounidense, aproximándola a la contracultura.
Actualmente, y hasta el 1 de noviembre de 2026, Los Americanos se exhibe al completo en la Fundación Telefónica, en su serie procedente de la Maison Européenne de la Photographie de París; sólo existen cuatro sets completos en el mundo, supervisados en su momento por el autor. Es la primera vez que puede verse en España.

Robert Frank. New Jersey, 1955. Serie Los Americanos