Sed enigmas como regla de oro // La bibliotecaria
Conocía cada uno de sus nombres y también, razonablemente bien, sus gustos, pero nunca les hizo ningún comentario para procurar que no se sintieran cohibidos, que no creyeran que se había fijado en ellos. Era inevitable haberlo hecho. Ellos no lo sabían, pero eran cinco, dejando a un lado a los estudiantes que no sacaban
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