Historias de los otros

Buscaminas en la sala // El acomodador

Buscaminas en la sala

Durante un tiempo temió caer por las escaleras, perder la linterna, tener que ser socorrido y convertirse él en el verdadero protagonista de la película; lo soñaba y se despertaba sobresaltado cada vez que perdía el equilibrio. Ahora los peldaños se habían hecho sus aliados y parecían el hábitat natural de sus pies, pero no podía evitar temblar a menudo a la hora de pedir los billetes. No por timidez, sino por su uniforme azul con gorro, ribetes rojos y botones dorados que hacía que todos los espectadores –todos, siempre- le sonrieran al entrar, más que con simpatía, con embarazo.

Durante un tiempo temió caer por las escaleras, perder la linterna, tener que ser socorrido y convertirse él en el verdadero protagonista de la película; lo soñaba y se despertaba sobresaltado cada vez que perdía el equilibrio. Ahora los peldaños se habían hecho sus aliados y parecían el hábitat natural de sus pies, pero no podía evitar temblar a menudo a la hora de pedir los billetes. No por timidez, sino por su uniforme azul con gorro, ribetes rojos y botones dorados que hacía que todos los espectadores –todos, siempre- le sonrieran al entrar, más que con simpatía, con embarazo. Su mejor momento eran las sesiones de los días laborables, no numeradas. No se escapaba del uniforme, pero disfrutaba viendo cómo, poco a poco, los asientos se completaban con cabezas que formaban composiciones, parecidas cada día, que le recordaban al buscaminas. Quienes acudían solos, no fallaba, se sentaban alejados del resto en filas vacías; quienes iban en pareja o en familia no trataban de separarse del resto. Se preguntaba si era la costumbre o si unos buscaban silencio (más) y los otros ruido (más aún). Los unos y los otros. Las personas mayores solían buscar compañía y cercanía a los altavoces; los jóvenes, rincones discretos.  Llegaba incluso a apostar consigo mismo qué espectadores reirían y disfrutarían y cuáles abandonarían la sala a la primera muerte violenta, golpe cruel, beso largo o desnudo. Tres de cuatro veces acertó y se invitó a una ración doble de palomitas. Aquel día era martes, la sesión de las cuatro estaba a punto de comenzar y en la sala 2 había tres personas, solas, cada una en una fila. Él se sentó en la última, no lejos de una chica morena de pelo largo ondulado. Más próximos a la pantalla se encontraban un hombre canoso con chaqueta azul de ribetes rojos y botones dorados (¿quién, en su sano juicio, vestiría así por su gusto?) y otra mujer, de pelo rubio y corto, que no paraba de rascarse la cabeza.  Antes de que las luces se apagaran, notó que el señor de azul se giró a mirarlo un par de veces con expresión neutra. La chica morena hizo lo mismo, puede que siguiendo su mirada. Quizá hubieran reconocido que era él quien les había pedido las entradas al pasar. La rubia se rascaba cada vez con mayor frenesí. La peli empezó; sabía que sería de acción, sobre la mafia marsellesa que se hizo fuerte con la droga en los setenta. Como era de esperar, tras los primeros planos de playas cálidas, coches de lujo, yates y diversión, los tiros y los cristales rotos acababan con esa paz frivolona. Lo que no previó él era que cuando el capo disparase al coche blanco del juez fuese a romperse el cristal de la cabina del proyeccionista, que se libró por minutos de esta escena. Uno de los cristales cayó cerca de sus zapatos. El hombre vestido de domador volvió a mirarle sin expresión de susto ni de sorpresa antes de continuar viendo la película y –lo que más le sorprendió- ninguna de las mujeres se giró para ver qué había pasado. La rubia, eso sí, siguió rascándose la cabeza con energías renovadas. Cuando el jefe de la mafia conseguía escapar de la policía en un lujoso Rolls y atravesaba a una rapidez imposible preciosos acantilados de carreteras impracticables junto a su novia, la mujer morena se levantó y fue a sentarse junto al canoso que vestía como él sin que lo obligaran. Quizá antes no lo había mirado a él ni al cristal roto y era aquella chica quien le interesaba. Cuando estuvieron juntos, la morena sacó de su bolso una botella de champán, que descorcharon y bebieron sin vaso hasta acabar con ella. No se molestó en recordarles que estaba prohibido el consumo de alcohol en la sala. La marcha triunfal del coche, con glorioso rock de fondo, acabó en la mansión de la pareja, donde su hija, una joven rubia de rostro sensato, los esperaba nerviosa, mordiéndose las uñas y…rascándose la cabeza como si de ello dependiera la salvación del mundo. Cuando por fin el capo aparcaba frente a las escaleras casi imperiales de su casa, la chica rubia de las primeras filas dejó por fin su nuca en paz, se levantó y se marchó del cine rápidamente pero con tiempo de dedicar al domador canoso y a la morena una mirada de desprecio. Pareció que el orden se había restaurado en la sala: de nuevo quedaron los unos y los otros; la pareja que había terminado sentándose junta y descorchando champán sin pensar en las molestias a terceros y él, un espectador solo en una fila alejada y vestido casi igual que el otro que a esas alturas (de la película) había desistido de buscar silencio. Cuando adivinó que finalmente en Marsella solo podría quedar uno y el policía honrado y familiar encargado de perseguir al mafioso decidió prescindir de su guardaespaldas, optó por marcharse de allí. Llevaba, en realidad, mucho tiempo incómodo, revolviéndose en el asiento y rascándose, a veces, la cabeza. Desde que el capo, de mirada inexpresiva, hizo su primera aparición en escena con el pelo, canoso y ya escaso, empapado en gomina, la mirada inexpresiva, un puro que alternaba en sus labios con una botella de champán de la que daba cuenta sin copa y una vergonzosa chaqueta de acomodador azul oscura con botones dorados y ribetes rojos.Su mejor momento eran las sesiones de los días laborables, no numeradas. No se escapaba del uniforme, pero podía ver él los estrenos y disfrutaba contemplando cómo, poco a poco, los asientos se completaban con cabezas que formaban composiciones, parecidas cada día, que le recordaban al buscaminas. Quienes acudían solos, no fallaba, se sentaban alejados del resto en filas vacías; quienes iban en pareja o en familia no trataban de separarse del resto. Se preguntaba si era la costumbre o si unos buscaban silencio (más) y los otros ruido (más aún). Los unos y los otros. Las personas mayores solían buscar compañía y cercanía a los altavoces; los jóvenes, rincones discretos.

Llegaba incluso a apostar consigo mismo qué espectadores reirían y disfrutarían y cuáles abandonarían la sala a la primera muerte violenta, golpe cruel, beso largo o desnudo. Tres de cuatro veces acertó y se invitó a una ración doble de palomitas.

Aquel día era martes, la sesión de las cuatro estaba a punto de comenzar y en la sala 2 había tres personas, solas, cada una en una fila. Él se sentó en la última, no lejos de una chica morena de pelo largo ondulado. Más próximos a la pantalla se encontraban un hombre canoso con chaqueta azul de ribetes rojos y botones dorados (¿quién, en su sano juicio, vestiría así por su gusto?) y otra mujer, de pelo rubio y corto, que no paraba de rascarse la cabeza.

Antes de que las luces se apagaran, notó que el señor de azul se giró a mirarlo un par de veces con expresión neutra. La chica morena hizo lo mismo, puede que siguiendo su mirada. Quizá hubieran reconocido que era él quien les había pedido las entradas al pasar. La rubia se rascaba cada vez con mayor frenesí.

Durante un tiempo temió caer por las escaleras, perder la linterna, tener que ser socorrido y convertirse él en el verdadero protagonista de la película; lo soñaba y se despertaba sobresaltado cada vez que perdía el equilibrio. Ahora los peldaños se habían hecho sus aliados y parecían el hábitat natural de sus pies, pero no podía evitar temblar a menudo a la hora de pedir los billetes. No por timidez, sino por su uniforme azul con gorro, ribetes rojos y botones dorados que hacía que todos los espectadores –todos, siempre- le sonrieran al entrar, más que con simpatía, que con embarazo. Su mejor momento eran las sesiones de los días laborables, no numeradas. No se escapaba del uniforme, pero disfrutaba viendo cómo, poco a poco, los asientos se completaban con cabezas que formaban composiciones, parecidas cada día, que le recordaban al buscaminas. Quienes acudían solos, no fallaba, se sentaban alejados del resto en filas vacías; quienes iban en pareja o en familia no trataban de separarse del resto. Se preguntaba si era la costumbre o si unos buscaban silencio (más) y los otros ruido (más aún). Los unos y los otros. Las personas mayores solían buscar compañía y cercanía a los altavoces; los jóvenes, rincones discretos.  Llegaba incluso a apostar consigo mismo qué espectadores reirían y disfrutarían y cuáles abandonarían la sala a la primera muerte violenta, golpe cruel, beso largo o desnudo. Tres de cuatro veces acertó y se invitó a una ración doble de palomitas. Aquel día era martes, la sesión de las cuatro estaba a punto de comenzar y en la sala 2 había tres personas, solas, cada una en una fila. Él se sentó en la última, no lejos de una chica morena de pelo largo ondulado. Más próximos a la pantalla se encontraban un hombre canoso con chaqueta azul de ribetes rojos y botones dorados (¿quién, en su sano juicio, vestiría así por su gusto?) y otra mujer, de pelo rubio y corto, que no paraba de rascarse la cabeza.  Antes de que las luces se apagaran, notó que el señor de azul se giró a mirarlo un par de veces con expresión neutra. La chica morena hizo lo mismo, puede que siguiendo su mirada. Quizá hubieran reconocido que era él quien les había pedido las entradas al pasar. La rubia se rascaba cada vez con mayor frenesí. La peli empezó, sabía que sería de acción, sobre la mafia marsellesa que se hizo fuerte con la droga en los setenta. Como era de esperar, tras los primeros planos de playas cálidas, coches de lujo, yates y diversión, los tiros y los cristales rotos acababan con esa paz frivolona. Lo que no previó él era que cuando el capo disparase al coche blanco del juez fuese a romperse el cristal de la cabina del proyeccionista, que se libró por minutos de esta escena. Uno de los cristales cayó cerca de sus zapatos. El hombre vestido de domador volvió a mirarle sin expresión de susto ni de sorpresa antes de continuar viendo la película y –lo que más le sorprendió- ninguna de las mujeres se giró para ver qué había pasado. La rubia, eso sí, siguió rascándose la cabeza con energías renovadas. Cuando el jefe de la mafia conseguía escapar de la policía en un lujoso Rolls y atravesaba a una rapidez imposible preciosos acantilados de carreteras impracticables junto a su novia, la mujer morena se levantó y fue a sentarse junto al canoso que vestía como él sin que lo obligaran. Quizá antes no lo había mirado a él ni al cristal roto y era aquella chica quien le interesaba. Cuando estuvieron juntos, la morena sacó de su bolso una botella de champán, que descorcharon y bebieron sin vaso hasta acabar con ella. No se molestó en recordarles que estaba prohibido el consumo de alcohol en la sala. La marcha triunfal del coche, con glorioso rock de fondo, acabó en la mansión de la pareja, donde su hija, una joven rubia de rostro sensato, los esperaba nerviosa, mordiéndose las uñas y…rascándose la cabeza como si de ello dependiera la salvación del mundo. Cuando por fin el capo aparcaba frente a las escaleras casi imperiales de su casa, la chica rubia de las primeras filas dejó por fin su nuca en paz, se levantó y se marchó del cine rápidamente pero con tiempo de dedicar al domador canoso y a la morena una mirada de desprecio. Pareció que el orden se había restaurado en la sala: de nuevo quedaron los unos y los otros; la pareja que había terminado sentándose junta y descorchando champán sin pensar en las molestias a terceros y él, un espectador solo en una fila alejada y vestido casi igual que el otro que a esas alturas (de la película) había desistido de buscar silencio. Cuando adivinó que finalmente en Marsella solo podría quedar uno y el policía honrado y familiar encargado de perseguir al mafioso decidió prescindir de su guardaespaldas, optó por marcharse de allí. Llevaba, en realidad, mucho tiempo incómodo, revolviéndose en el asiento y rascándose, a veces, la cabeza. Desde que el capo, de mirada inexpresiva, hizo su primera aparición en escena con el pelo, canoso y ya escaso, empapado en gomina, la mirada inexpresiva, un puro que alternaba en sus labios con una botella de champán de la que daba cuenta sin copa y una vergonzosa chaqueta de acomodador azul oscura con botones dorados y ribetes rojos.

La peli empezó; sabía que sería de acción, sobre la mafia marsellesa que se hizo fuerte con la droga en los setenta. Como era de esperar, tras los primeros planos de playas cálidas, coches de lujo, yates y diversión, los tiros y los cristales rotos acababan con esa paz frivolona. Lo que no previó él era que cuando el capo disparase al coche blanco del juez fuese a romperse el cristal de la cabina del proyeccionista, que se libró por minutos de esta escena. Uno de los cristales cayó cerca de sus zapatos.

El hombre vestido de domador volvió a mirarle sin expresión de susto ni de sorpresa antes de continuar viendo la película y –lo que más le sorprendió- ninguna de las mujeres se giró para ver qué había pasado. La rubia, eso sí, siguió rascándose la cabeza con energías renovadas.

Cuando el jefe de la mafia conseguía escapar de la policía en un lujoso Rolls y atravesaba a una rapidez imposible preciosos acantilados de carreteras impracticables junto a su novia, la mujer morena se levantó y fue a sentarse junto al canoso que vestía como él sin que lo obligaran. Quizá antes no lo había mirado a él ni al cristal roto y era aquella chica quien le interesaba.

Buscaminas en la salaCuando estuvieron juntos, la morena sacó de su bolso una botella de champán, que descorcharon y bebieron sin vaso hasta acabar con ella. No se molestó en recordarles que estaba prohibido el consumo de alcohol en la sala.

La marcha triunfal del coche, con glorioso rock de fondo, acabó en la mansión de la pareja, donde su hija, una joven rubia de rostro sensato, los esperaba nerviosa, mordiéndose las uñas y…rascándose la cabeza como si de ello dependiera la salvación del mundo.

Cuando por fin el capo aparcaba frente a las escaleras casi imperiales de su casa, la chica rubia de las primeras filas dejó por fin su nuca en paz, se levantó y se marchó del cine rápidamente pero con tiempo de dedicar al domador canoso y a la morena una mirada de desprecio. Pareció que el orden se había restaurado en la sala: de nuevo quedaron los unos y los otros; la pareja que había terminado sentándose junta y descorchando champán sin pensar en las molestias a terceros y él, un espectador solo en una fila alejada que a esas alturas (de la película) había desistido de buscar silencio.

Cuando adivinó que finalmente en Marsella solo podría quedar uno y el policía honrado y familiar encargado de perseguir al mafioso decidió prescindir de su guardaespaldas, optó por marcharse de allí. Llevaba, en realidad, mucho tiempo incómodo, revolviéndose en el asiento y rascándose, a veces, la cabeza; desde que el capo, de mirada inexpresiva, hizo su primera aparición en escena con el pelo, canoso y ya escaso, empapado en gomina, la mirada inexpresiva, un puro que alternaba en sus labios con una botella de champán de la que daba cuenta sin copa y una vergonzosa chaqueta de acomodador azul oscura con botones dorados y ribetes rojos.

Una respuesta a “Buscaminas en la sala // El acomodador”

  1. MARÍA PILAR SARACHO

    Historias de los otros y de nosotros, en este caso, la figura del acomodador rescatada del recuerdo, ofrece un guiòn más ameno y entretenido que cualquier película de gánsteres, gominas, etc..
    Sirva como evocación a una profesiòn que ha quedado en el pasado. Muchas gracias

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