La historia no se repite, pero rima. Esta cita, que se ha atribuido sin pruebas a Mark Twain y que, a fuerza de repetirse, ha terminado por convertirse en un mantra de nuestro tiempo, pone nombre a un nuevo ciclo de exposiciones en el Museo Reina Sofía. Se desplegará frente a su Guernica y nos enseñará piezas que contengan paralelismos temáticos o estéticos con el mural picassiano y procedan de otros contextos geográficos y culturales; el objetivo será dar a conocer al público escenas artísticas que, hasta épocas recientes, han quedado relegadas en la historiografía tradicional.
La primera de ellas es la sudafricana. Este capítulo tiene como protagonista a Dumile Feni, cuya vida fue breve (no alcanzó los cincuenta años, de la década de los cuarenta a los noventa), pero suficiente para plasmar las condiciones de la existencia cotidiana de muchos bajo el apartheid, en composiciones donde tienen cabida el mito y la fantasía y que beben de sus raíces culturales, de la artesanía y la cerámica de su país, sus máscaras y su idiosincrasia, pero que, asimismo, se nutren de su vocación cosmopolita.
Dibujante compulsivo que llevó a cabo centenares de trabajos, fue del todo autodidacta, pero sí pudo empaparse de la escena creativa vibrante de Johannesburgo en los sesenta; pese a la segregación que afectaba a los artistas negros, fue un buen momento para el jazz y el teatro, cuando sortearon las prohibiciones, y también varias galerías mostraron sus creaciones.
En ese contexto surgió la obra que centra esta nueva exposición del Reina Sofía, comisariada por Tamar Garb: African Guernica, que pudo verse por primera vez en 1967 en la Gallery 101. No fue el artista quien la tituló, pero efectivamente Picasso era muy conocido en ese momento en Sudáfrica, gracias a las reproducciones -también Goya o Käthe Kollwitz- y Dumile Feni entabló con él un diálogo consciente y a escala monumental, sin despegarse por ello de la cosmología que le resultaba más cercana. No eran muchos los autores -lo ha apuntado hoy Garb- que usaban lápiz y carboncillo para trazar pintura de historia; ésta lo es.

Es sabido por todos que muchos trabajos de Picasso, y su misma trayectoria, no serían los que son si no fuera por su conocimiento de la escultura africana, que coleccionó, así que, teniendo en cuenta que Feni propone en African Guernica un homenaje a sus raíces además de una mirada propia a la influencia europea (monocromatismo, distorsiones, fragmentación de las figuras), los vínculos entre ambas piezas, ahora frente a frente, pueden abordarse desde múltiples perspectivas e implican el cierre de varios círculos. Además de encarnaciones muy distintas de la modernidad: la del sudafricano desafiaba, asimismo, la creencia de que los artistas negros habían de producir fundamentalmente arte nativo o artesanía enfocados al gusto del turismo.
En cuanto a su trasfondo temático y reivindicativo, una y otra composición responden a situaciones violentas y deshumanizantes -por eso la comisaria se refiere a ellas como tótems antitotalitarios-, pero, como es fácil de entender, ni mucho menos equivalentes. Picasso realizó el Guernica tras un año de Guerra Civil, y su imagen sería emblema del antibelicismo, mientras que la pieza de Feni, en cuyo cristal se refleja inesperadamente la anterior, no alude a un conflicto abierto, sino a la brutalidad menos ruidosa del racismo, plasmando una pesadilla en la que figuras humanas pero híbridas interactúan con la naturaleza de modos desacostumbrados.

Junto a African Guernica, que sale por vez primera de Sudáfrica, se exhiben en el MNCARS tres dibujos monumentales realizados, igualmente, en Johannesburgo en los sesenta y otros dos elaborados más tarde, en el exilio, primero en Londres y luego en Nueva York; en esta última ciudad murió Feni, ya que no pudo regresar.
Todas estas piezas proceden de colecciones sudafricanas, públicas y privadas. Las tres obras más tempranas son The Classroom, Woman and Boy y Saying No. En la primera, figuras dispersas por todo el papel parecen desafiar las normas de la segregación escolar; en la segunda, una mujer semejante a una estatua ancestral sostiene a un niño como si él también fuera una figurilla arcaica; la tercera encarna su negativa a que su creación se etiquete como arte nativo.
Ya en Londres, a mediados de los cincuenta, se empleó en un extensísimo diario visual sobre un rollo de papel de más de cincuenta metros de longitud. Parte de él lo veremos en una vitrina (y el resto en vídeo): ofrece una procesión de criaturas fantásticas, nombres propios, referencias poéticas… en las que dio cuenta de su visión del mundo y de su labor cotidiana. Y la pieza última del conjunto es el trabajo, de nuevo a gran formato y en carboncillo, Hector Pieterson (1987), que se inspira en una fotografía tomada al niño asesinado en 1976 durante la revuelta de Soweto, en la que fueron masacradas 176 personas que protestaban por el apartheid. Feni convirtió al pequeño, llevado en brazos por otro joven como en la Pietà del Guernica, en estandarte de la inocencia arrasada.
Aunque, en el paso de las décadas, la figura de Dumile Feni ha sido ampliamente politizada, no podemos decir que fuese un artista de trinchera. Se interesó por los modos en que el arte podía ser más útil a la sociedad, y enfrentarse a la opresión y la censura, pero sobre todo en un sentido intelectual: fue contrario al uso de la creación como propaganda y, según ha señalado Garb, de la consideración de los artistas como trabajadores de la cultura.

“Dumile Feni: Guernica africano”
MUSEO NACIONAL CENTRO DE ARTE REINA SOFÍA. MNCARS
C/ Santa Isabel, 52
Madrid
Del 25 de marzo al 22 de septiembre de 2026
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