
Si el merito debe dar/ los premios, y éste se halla/ en la mujer, ¿por qué el serlo/ el mérito ha de quitarla?/ ¿No vio Roma en sus estrados, /no vio Grecia en sus campañas/ mujeres alegar leyes,/ mujeres vencer batallas?,/ Pues lidien y estudien, que/ ser valientes y ser sabias/ es acción del alma, y no es/ hombre, ni mujer el alma.
Estos versos de Calderón de la Barca, en su obra teatral Afectos de odio y amor (1664), dan inicio a la publicación con la que el Museo del Prado estrenó hace algunos meses su serie editorial dedicada a las creadoras y patronas presentes en su historia: ese primer volumen está centrado en Cristina de Suecia y es obra de Manuel Arias, su Jefe de Colección de Escultura hasta 1700. Precisamente por las manos de esta monarca pasaron algunas de las mejores piezas escultóricas clásicas con las que cuenta este centro, que esta semana han estrenado organización espacial y que, en muchos casos, se reproducen en este libro.
Cuando Calderón escribía ese texto -que hacía salir de boca de la misma reina en aquella pieza-, ella ya había abdicado del trono sueco, había abandonado también su fe protestante para adoptar la católica y se había asentado en Roma, donde otro literato, Stefano Pignatelli, le brindaría tiempo más tarde un tratado que tenía por expresivo título Cuánto más atrae la belleza del alma que la belleza del cuerpo. Evidentemente, si recibió alabanzas como éstas, Cristina de Suecia también tuvo que hacer frente a prejuicios y a la conciencia de que había tomado caminos no tantas veces adoptados en su particular situación.
El periodo romano de la reina, que duraría hasta su muerte, es el eje de este ensayo por su importancia para la cultura europea de entonces: desprendiéndose voluntariamente de afanes de poder -y teniendo que luchar por mantener, desde la lejanía, las prebendas económicas que su origen implicaba- su deseo fue el de pasar a la historia, sobre todo, como protectora y también estudiosa de las artes. El apodo de Minerva romana -esto es, armada y sabía- lo favoreció, cuenta Arias, ella misma y desde muy pronto: con sus símbolos aparece representada en algunos de sus retratos.
Tempranamente huérfana -y soberana, por eso, desde muy joven-, Cristina Vasa fue coronada sólo dos años después de la firma de Paz de Westfalia, no reconocida por el papa Inocencio X en cuanto que implicaba un reforzamiento del bloque protestante, liderado antes por su padre Gustavo II Adolfo; de ahí, en parte, el extraordinario impacto de su posterior conversión. Ésta, y el hecho que se negara a casarse, levantaron muy pronto curiosidades en torno a su personalidad que solían asociar su independencia y valentía, y su amor hondo por el estudio, con cualidades masculinas. En efecto, sus inquietudes culturales no se quedaron en el mecenazgo: aprendió diez o doce lenguas, vivas y muertas; leyó y se dejó instruir sobre ciencias y filosofía y se carteó, con placer para ambas partes, con René Descartes, finalmente su maestro en Estocolmo en sus últimos meses de vida. Mantuvo, asimismo, correspondencia con el erudito jesuita Athanasius Kircher, quien tendría alguna influencia en sus planteamientos religiosos, como allanaría su camino hacia Roma -señala el autor- Matthias Palbitzki, gentil hombre y agente de la reina en Italia. Tampoco pueden obviarse sus relaciones diplomáticas con España, en un tiempo en que Suecia jugaba un papel mucho más preponderante que hoy, como dijimos, en el contexto europeo: Antonio Pimentel de Prado, encargado español de esas relaciones, se convirtió para ella en un amigo, más allá de las simplificaciones del cine.
Tras abdicar en su primo, emprendió camino primero hacia Amberes, entonces bajo dominio de Felipe IV y sede de un mercado artístico floreciente. Sería algunos años más tarde, y ya en Bruselas, donde se produjo su conversión al catolicismo, en un acto privado; el público llegaría en Innsbruck y a él acudió, enviado por el entonces papa, Alejandro VII, el bibliotecario del Vaticano -significativo su cargo-. Esa misma biblioteca sería uno de los primeros lugares que visitaría Cristina de Suecia en Roma, previas paradas fructíferas en Bolonia o Asís.
Nada menos que Bernini, a quien admiraba antes, fue su asistente, y adoptó como católica el nombre de Cristina María Alejandra recordando, además de al papa, a su venerado Alejandro Magno. Roma la sedujo y en Roma sedujo, y su reputación sería elevada salvo por mellas ocasionales pero importantes, como la ejecución sin juicio de su caballerizo mayor, acusado de espionaje, durante una estancia en Fontainebleau.
En sus treinta años en Italia -recuerda este libro- Cristina no vivió su nueva devoción en retiro, sino deviniendo reina de los artistas. Se pone en su boca el lema Quien no estima a Bernini no es digno de estima, y en su Palazzo Riario, hoy Corsini, desplegó todo un centro del saber. Este volumen compara extensamente su personalidad con la del Magno y examina sus colecciones, en las que tuvieron preeminencia la escultura y la pintura italiana, de Correggio a Veronés; su muerte, en 1689, supuso la disgregación de estos fondos.
Merece la pena consultar los documentos finales, literarios e históricos: Parece saber todo, que no se olvida de nada y no ignora nada.

Sebastién Bourdon. Cristina de Suecia a caballo. Museo Nacional del Prado
TÍTULO: Cristina de Suecia
AUTOR: Manuel Arias
EDITORIAL: Sílex
IDIOMA: Castellano
PÁGINAS: 94 pp
PRECIO: 19,50 euros