El artista valenciano Calo Carratalá, que en los últimos años ha protagonizado muestras importantes en su comunidad pero que desde los noventa viene exponiendo habitualmente en galerías europeas, se ha especializado en la representación de naturalezas, en parte y en lo conceptual desde una visión romántica que exalta su belleza y su poder, la majestuosidad de las montañas o la calma de los bosques, pero adoptando una estética personal.
Paisajista, como dijimos, desde siempre, Carratalá se formó en la Escuela de Bellas Artes de Valencia y posteriormente completó su formación en la Real Academia Española de Roma; esa estancia en Italia resultaría decisiva en los años venideros. En su producción predominan obras de gran formato inspiradas en los frescos de los monumentos romanos, así como tondos, también basados en esas composiciones circulares de los maestros italianos.
Los viajes son vitales en su proceso creativo: se sumerge en los lugares que visita, armado con un cuaderno de bocetos, para tratar de plasmar las sensaciones que le producen esos panoramas, anotando los colores y el tamaño de los elementos para luego trabajar sobre ellos en su estudio.
En todo caso, y más allá de todas esas fuentes de influencia, las elecciones pictóricas de Calo Carratalá están tamizadas, como no podía ser de otro modo, por lecturas evidentemente contemporáneas del paisaje. Si los pintores renacentistas consideraban la representación del mundo como una forma de apropiación, el artista desea enfatizar su cambio de perspectiva respecto a ese planteamiento: entiende que los creadores actuales se enfrentan, a diferencia de sus predecesores, a una naturaleza que debe ser protegida.
Sin embargo, en lo técnico, este autor valenciano tiende a valerse de procedimientos bien conocidos desde el siglo XV. Aplica la perspectiva lineal, teorizada como sabemos por Alberti en 1435, en su tratado De Pictura; su objetivo mayor es pintar lo real respetando sus proporciones exactas y considerando la perspectiva humana.
El resultado son obras que, como dijimos, exaltan la naturaleza, a la vez atormentada y magnífica. Desde las cumbres nevadas de los Pirineos hasta la selva amazónica, en sus lienzos quiere revelar el carácter sublime de ciertos territorios, en el sentido de que superan a los seres humanos en su inmensidad y en el poder de sus partes. Al mismo tiempo, los aborda desde un punto de vista íntimo: practica la pintura como una introspección que podrá invitar al espectador a imaginar tierras lejanas.


Una revisión de su última década y media de trabajo puede visitarse, desde hoy y hasta el próximo junio, en la sede valenciana de la Fundación Bancaja bajo el comisariado de Marisa Giménez Soler. En la antología “Todo lugar es provisional” se han reunido casi cuarenta composiciones en pequeño y gran formato que pertenecen a tres series fundamentales del artista, por primera vez mostradas de forma conjunta en Valencia junto a algunas piezas realizadas específicamente para esta ocasión.
Pocas geografías se le han resistido: saldrán a nuestro paso montañas nevadas de Noruega, reflejadas con una paleta de colores austera y melancólica; el entorno del Amazonas en Brasil y Perú, en imágenes a lápiz sobre papel, en los que trazos concisos sintetizan vegetaciones, malezas, reflejos, aguas y cielos; los paisajes de Tanzania y Senegal, marcados por sus verdes intensos; y baobabs, árboles ligados a las culturas y tradiciones locales africanas, que Carratalá elige plasmar con la técnica de la sanguina y que también tributan el trabajo colectivo por la supervivencia de generaciones ancestrales.
En todos ellos es fácil apreciar lo libre y enérgico de su gesto, su tendencia al abocetamiento y también esa voluntad de sintetizar las sensaciones generadas por aire, color y tiempo y proclamar, como avanza el título, la necesidad de preservar lo representado, inconmensurable pero quizá no eterno.


Calo Carratalá. “Todo lugar es provisional”
Plaza de Tetuán, 23
Valencia
Del 10 de abril al 7 de junio de 2026
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