La segunda muestra de Arturo Berned en la galería Fernández-Braso puede visitarse hasta el 21 de febrero. Su título es “18 + 6” y cuenta con ese mismo número de esculturas, pero la cifra hace referencia, además, a la importancia de los guarismos en la producción de este artista madrileño, formado como arquitecto; una obra que no podríamos entender sin tener en cuenta las leyes matemáticas, la geometría precisa y la proporción áurea de los clásicos.
El eje de esta exposición son dieciocho piezas concebidas como variaciones en torno a un mismo tema: el de la cabeza. Elaboradas en planchas de acero al carbono y acabado oxidado, conjugan formato reducido y expresividad, y como apunta Mariano Navarro en el catálogo de este proyecto, surgen de una primera, del movimiento de una cinta de grosor variable que va envolviéndose en el espacio. El desarrollo de esa pieza, deformando los vacíos, genera la escultura. Ciertamente, las diferencias son mínimas. Hay una estrecha relación matemática, numérica en los distintos planos que genera el movimiento.
Ese conjunto destaca por su sobriedad y contención, en tanto que la media docena de trabajos restantes apuntan a cierto hedonismo por incorporar colores más o menos saturados e intensos: esas tonalidades les conceden ligereza.
La base de casi todas las composiciones de Berned es la línea recta, así como un particular manejo del vacío: sus obras emergen del corte de planchas regulares y de volumen más o menos homogéneo, aunque en su contemplación resulta fundamental atender a lo que falta y ha sido eliminado, en un proceso del que forma parte el ordenador, pero también maquetas que efectúa en madera o cartón, dibujos o impresiones 3D.
A piezas longitudinales y largas, este autor las pliega y les da volumen conforme a mecanismos nunca aleatorios que responden a bocetos geométricos previos y a cálculos numéricos precisos. Estas cabezas tienen por origen anteriores esculturas verticales que bautizó como soldados o damas y que se remataban con el ensamblaje de planos entrecortados; años más tarde, abandonó esa base o fuste.
Las creaciones ahora en Fernández-Braso se asientan sobre tres puntos de apoyo (obtenidos tras esos citados cálculos), pero su apariencia final tiene tanto que ver con esta meticulosidad como con la luz. Y, si las formas pueden resultarnos frías, para Berned el acabado aportaría los rasgos particulares de cada una. En aquellas que ofrecen color, éstos son pulidos e industriales, a veces casi opacos, pero nunca del todo. Suponen un matiz más, aéreo.


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