Si entendemos el arte urbano como fruto del impulso individual de dejar huella sobre superficies murales, sus raíces se hundirían en las de nuestra propia existencia y podría abordarse como una de las primeras disciplinas creativas; si lo consideramos como fenómeno urbano, primero clandestino y paulatinamente institucionalizado, sus orígenes se asentarían en las periferias de Nueva York y en los años sesenta. Pero por su propia naturaleza nunca ha dejado de ser una materia escurridiza.
Bajo el comisariado de Patrizia Cattaneo, responsable de la firma suiza Artrust, la Fundación Canal acoge “Arte urbano. De los orígenes a Banksy”, una muestra que esboza una evolución de esta creación callejera desde esos comienzos americanos hasta hoy, y desde la espontaneidad de la firma o tag hasta la consolidación de códigos visuales mucho más complejos y la asunción de presupuestos críticos en lo político y lo social. En buena medida, las infraestructuras de las grandes ciudades se han convertido en territorios en disputa desde los que transmitir posiciones y reclamar presencias (y atención).
Habrían de pasar algunas décadas -al menos hasta los ochenta- para que el sistema del arte contemporáneo integrara una selección de esas expresiones callejeras: fue entonces cuando el graffiti entró en galerías y museos. El cambio de escenario, como siempre ocurre en esos terrenos, aparejó otras conversiones: la contundencia conceptual y estética de estas manifestaciones no es la misma en la calle que en el cubo blanco, pero este último propicia, a cambio, el reconocimiento y el apoyo del mercado.
Otras transformaciones en el arte urbano tienen que ver con geografías -al asentarse en Europa, y en sus ciudades históricas, el trabajo en paredes implica un diálogo con el pasado; aumentaron las intervenciones monumentales y la poesía visual- y con el progresivo incremento de técnicas y enfoques posibles (plantillas, esténcil, instalaciones…). Por supuesto, también con internet y las redes sociales, que han permitido una difusión galopante de estas creaciones más allá de los enclaves originales para los que fueron concebidas. Se trata, como en su momento entrañó la aceptación de este arte por las galerías, de un nuevo proceso de recontextualización.

El propósito de este proyecto de la Fundación Canal ha sido ofrecer una genealogía del arte urbano como instrumento de comunicación, desde esa cuna neoyorquina a su popularización, contando con sus figuras más célebres (Os Gêmeos, Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, JR, Invader, Banksy…), pero también con otras que podrán sernos inéditas y que han tratado de interpelar al espectador haciendo referencia a la identidad, el consumo, el poder o las posibilidades de participación ciudadana.
El recorrido se estructura en etapas cronológicas, pero no podemos decir que sea del todo lineal, más bien se busca establecer conexiones e influencias que den cuenta de que éste es un fenómeno más diverso y rico de lo que en general se piensa.
No es casual que el metro, ese gran lienzo en movimiento, o que barrios como el Bronx, Brooklyn o Queens, hace cuarenta años depauperados, fueran los primeros en acoger lo que constituyeron, en un principio, signos de afirmación personal, de rebeldía contra la invisibilidad. Ni que predominara entonces la plasmación de pseudónimos, el alter ego urbano que, al repetirse, confería a algunos inapreciados una forma de existencia. TAKI 183, de origen griego, fue uno de los primeros en tomar conciencia de lo que el suburbano tenía de medio de comunicación masivo.
Cuando logró la atención del New York Times, muchos jóvenes siguieron su estela y los writers casi compitieron por hacerse con las paredes de Nueva York, las firmas devinieron símbolo de status y llegó la llamada guerra de estilos entre quienes preferían las letras angulosas (block letters), las de forma de burbuja (throw ups), las de pintura plateada o cromada (chromes) o las fluidas y orgánicas (softies).
Entre quienes preferían el subsuelo, no podemos dejar de mencionar a SEEN, el padrino del graffiti, que desplegó los suyos sobre los vagones de extremo a extremo en ejemplos de lettering audaz. Fue la reacción de las autoridades contra esa actividad que entendían como vandalismo la que llevó a algunos autores a trasladar sus investigaciones al lienzo o a comisariar exhibiciones (Crash), a introducirse en el diseño gráfico (Poem One) o a incorporar a su arte la sátira y la caricatura (Quik).

Una vez que la limpieza de muros y vagones había restado carácter callejero al graffiti, una de las primeras galerías en comercializarlo sería Fashion Moda, un museo-laboratorio que, en lo posible, mantenía la energía de la calle y expuso a Basquiat y Haring. Pero lo más granado del arte urbano neoyorquino se mostraría, ya en 1981, en el P.S.1., en la exhibición “New York/ New Wave”, en la que Seen o Crash se codearon con Warhol.
Insertos ya en el mercado y en las salas, Haring y Basquiat consolidaron lenguajes personales que necesariamente se distanciaron del underground. En la exposición veremos Supercomb, pieza que condensa las posiciones del segundo en torno a raza y consumo; y los cuerpos en movimiento y símbolos reiterados por Haring, tan artista como activista contra el apartheid y el sida. Sus creaciones nada tenían ya que ver con el writing inicial, rebelde e ilegal.
A medida que el street art se convertía en movimiento global, París ganaba peso en este terreno, con el colorista Zenoy y el abstracto JonOne como grandes figuras, junto a Gérard Zlotykamien, que siempre reflexionó sobre conflictos y violencia. Con él la letra perdió su función semántica para convertirse en expresionismo pictórico; la que fue práctica prohibida había salido a la luz (y a la ciudad de la luz). En Berlín, su muro aún no derruido fue el soporte por excelencia de estas creaciones y Madrid también está representado en la exposición, de la mano de SUSO33 y sus firmas con una dimensión performativa y conceptual. Desde Barcelona y Valencia saldrán a nuestro paso El Xupet Negre y PichiAvo, pero no faltan referencias a Portugal (VHILS) e Italia (con las intervenciones monumentales de BLU y las asociadas al pop y al arte clásico de Ozmo).

La entrada en el siglo XXI supuso para el grafiti un estallido creativo en dos direcciones: la del post-graffiti, que reformuló el graffiti clásico con técnicas de bajo coste que propiciaban una gran circulación de las imágenes; y la de las obras propiamente dichas que interactúan con el espacio urbano. En este último campo, VHILS ha trabajado sobre muro sustraído, NeSpoon reproduciendo encajes tradicionales, Chinagirl Tile con cerámica y arcilla, y Gregos recurriendo a moldes y a la tridimensionalidad.
En el capítulo de los juegos ópticos, Truly Design recurrieron a la anamorfosis y No Curves a la cinta adhesiva. Y hubo quien nunca dejó de prestar atención a la pintura, como Andrea Ravo Mattoni, que se basa en obras maestras, y Tanc, admirador de Pollock.
Convertido en lenguaje global con el impulso de Internet, el arte urbano no está ya enraizado allí donde se produce, sino que se comparte y se dota constantemente de nuevos contextos. No sólo no es marginado, sino que, como en el caso del retrato de Obama por OBEY con la leyenda Hope, puede convertirse en cartel electoral; ser objeto de filmación artística (JR por Agnès Varda); o constituir todo un fresco de la contemporaneidad (Os Gêmeos).

A las cinco primeras secciones se suma un caso de estudio: el de Banksy, que por su anonimato en tiempos de selfies, por el trasfondo crítico de sus piezas y por su alta cotización se ha convertido en símbolo de muchas paradojas en el campo del arte reciente. Ha logrado convertir cada una de sus creaciones en acontecimiento sin mostrar el rostro; podemos plantearnos hasta qué punto lo suyo es un acto radical de expresión y resistencia.
Por último, el epílogo de la muestra nos invita a reflexionar sobre cuáles son los límites entre el arte urbano frente al mero vandalismo (entre la libertad individual y el respeto al entorno compartido), qué importancia adquieren los contextos y soportes a la hora de determinar el valor de una obra o qué supone aquella institucionalización de la creación callejera. Cuánto de relevante es el qué y cuánto el dónde.

“Arte urbano. De los orígenes a Banksy”
C/ Mateo Inurria, 2
Madrid
Del 4 de febrero al 3 de mayo de 2026
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