Una Arcadia perdida pero todavía posible, donde es aún viable una convivencia armónica entre los individuos y la naturaleza, y también entre aquellos y la ciudad o entre el hombre y el arte. Es el escenario al que nos trasladan, desde una perspectiva normalmente cercana a la ensoñación, los miembros del colectivo nabi, artistas que situaron en el centro de su pintura lo cotidiano y las emociones subjetivas. Con el apoyo del Musée d´Orsay, y bajo el comisariado de su conservadora Isabelle Cahn, la Fundació Catalunya La Pedrera les dedica la exposición “Los Nabís: de Bonnard a Vuillard”, que profundiza en los marcos temáticos y estéticos y en los referentes de este grupo de autores que trabajaron en un periodo de transición entre el impresionismo y las vanguardias de los inicios del siglo XX.
El conjunto se mantuvo activo, aproximadamente, en los doce años transcurridos entre 1888 y 1900 y tuvo en un principio a Paul Sérusier como su impulsor, como profesor de la Académie Julian de París, pero con el tiempo fueron sus alumnos los que alcanzaron mayor celebridad y prestigio. Entre éstos destacaron Bonnard y Vuillard, los dos artistas más presentes en esta muestra; el primero, claramente volcado en la exploración de la utilización libre y subjetiva de la luz y el color, y el segundo, centrado en la vertiente psicológica de los espacios interiores.
Precisamente por esos hondos lazos que establecieron los nabis entre arte y vida, que les llevó a no creer en jerarquías entre la pintura y las disciplinas decorativas, esta exhibición tiene en la Casa Milá un escenario muy oportuno: Gaudí la concibió como una obra de arte total y el público podrá disfrutar de la comunión de sus espacios, los lienzos y los diseños ornamentales del de Reus.
Son cerca de doscientas las piezas reunidas para examinar las aspiraciones de estos creadores (el nombre de nabis procede del hebreo neviim, profetas), capaces de desplegar visiones de lo real y lo irreal muy particulares sin alejarse, en su día a día, de las costumbres y los avances técnicos de la vida moderna.


No fueron muy numerosos, pero aún así podemos distinguir entre ellos, al menos, dos tendencias: la de quienes se sentían más atraídos, desde un punto de vista intelectual, por la poesía, la espiritualidad y el esoterismo -en un sentido general, por el simbolismo-, como Sérusier, Maurice Denis, Paul Ranson, Ker-Xavier Roussel, Jan Verkade y Charles Filiger; y la de quienes no dejaron de amar la contemporaneidad y advertían la posibilidad de encontrar en ella valores trascendentes, como los mencionados Pierre Bonnard y Édouard Vuillard, Félix Vallotton y József Rippl-Rónai.
Artistas de una u otra corriente, la primera tendente al secreto, compartieron, en todo caso, su inclinación por el decorativismo y su deseo de alcanzar una unidad del arte, unidad que persiguieron cultivando un elevado número de técnicas: pintura, dibujo, grabado, escultura, diseño y decoración de interiores. En ellos se reconciliaron (y fundieron), por tanto, el artista y el artesano.

Aunque no podamos considerar, en ningún caso, a Gauguin como nabi o protonabi, en sus búsquedas en los últimos años de la década de 1880 sí se encuentra el germen de esos desarrollos: en su afán por la síntesis, por la sugerencia más que por la representación y por hacer uso de una paleta intensa, de formas depuradas y de espacios fundamentalmente planos, en línea con la potente influencia japonesa en esos años. De hecho, Sérusier enseñó a sus discípulos los secretos compositivos de Le talismán, que hoy conserva Orsay y casi nunca se presta.
Y su galerista fue el de muchos impresionistas: Ambroise Vollard, que los animó a experimentar con esas diferentes técnicas con el fin de que produjeran trabajos en serie que pudieran venderse a buen precio. Era un tiempo en el que, más que fronteras y etiquetas, se desplegaban redes de miradas; los nabis llevaron sus influencias al terreno del deseo de embellecimiento del mundo cotidiano, sin por ello dejar de quedar seducidos por París.


Bonnard, Ibels, Vuillard o Vallotton fueron intérpretes de su vida urbana y del ambiente febril de sus calles y sus noches, de sus circos, cafés y espectáculos en directo. Y no sólo retrataron el espíritu de esa época agitada, sino que arrimaron el hombro para generarla: aunque no se han conservado, crearon decorados para los dramas de Maurice Maeterlinck y para recitales de poesía dedicados a Paul Verlaine, Arthur Rimbaud o Stéphane Mallarmé; y Vuillard, Bonnard, Denis, Roussel, Sérusier y Vallotton idearon decorados, vestuario, programas y carteles para el repertorio simbolista del Théâtre de l’Œuvre d’Aurélien Lugné-Poe, entre otras colaboraciones.
Cuentan con capítulos específicos en la exposición su querencia por el misticismo, ligado al catolicismo, la sacralidad de la música y la idealización de la mujer, una vocación por el misterio que tuvo su traducción en sus intentos de representar lo invisible; paisajes poblados por ninfas o musas en los que no existe fricción entre la naturaleza y el ser humano; decoraciones para interiores, creadas por encargo y ligadas a la estética del art nouveau; imágenes de la vida cotidiana y de maternidades donde esa intimidad se refina o sacraliza; y figuras mediterraneístas del imprescindible Maillol. Condensan bastante más que unos principios artísticos; afirmaba el escultor sobre La Mediterranée: Mi intención (…) era crear una figura joven, pura, luminosa y noble. ¿No es eso el espíritu mediterráneo? Pues de ahí viene que le haya dado ese nombre.


“Los Nabís: de Bonnard a Vuillard”
Passeig de Gràcia, 92
Barcelona
Del 6 de marzo al 28 de junio de 2026
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