Impresionismo

La historia del movimiento se inicia a comienzos de los años setenta del siglo XIX cuando un grupo de pintores apoyados por algunos marchantes, como Paul Durand Ruel, deciden fundar una “Sociedad Anónima Cooperativa” y realizar su propia exposición en 1874, en París y en casa del fotógrafo Nadar, lejos de la tutela del Estado.

Fueron sus precedentes los paisajistas ingleses Constable y Turner, por su atención a los instantes lumínicos; el Realismo y la Escuela de Barbizon, en cuanto a la importancia de la observación de los momentos del día, las luces y las salidas a pintar la naturaleza y el costumbrismo, un rasgo destacado en Manet. Les influyen también la estampa japonesa, por su esquematismo y su síntesis del color, y la fotografía, en lo referente a la instantaneidad.

El crítico Louis Leroy utiliza el término impresionismo para designar despectivamente pinturas que seguían el estilo de Monet. Poco después, los críticos Castagnary y Rivière lo emplean para describir el estilo de este pintor pero positivamente. Monet, Renoir, Sisley y Pissarro, reconocen a Manet como su maestro y se centran en intentar captar los efectos de la luz y de la atmósfera en la realidad objetiva. Su pintura al aire libre tiene como precedente a los artistas de la Escuela de Barbizon; pero los impresionistas abandonan los planteamientos nostálgicos de aquéllos y salen definitivamente del estudio. Esto les obliga a utilizar el color directamente extraído del tubo, en pinceladas cortas y rápidas, con frecuencia empastadas, en detrimento del dibujo. Inciden de este modo en la materialidad de la obra de arte, en la valoración de la pintura en si misma, no como representación. El cuadro deja de ser ventana y mera imitación de la realidad. Su condición de coloristas les lleva a eliminar los negros y los tonos pardos para acentuar así la sensación de luz y color. Por otra parte, el conocimiento de las teorías de Chevreul les exime de la preocupación por la composición, siendo el ojo del espectador el que debe ordenar el conjunto. Todo esto convierte a este movimiento en pieza clave para la historia de la pintura, ya que posibilita la transición del realismo del siglo XIX al neoimpresionismo y a los movimientos del siglo XX, que afirman la validez de la pintura como tal.