Pertenecieron prácticamente a la misma generación (nueve años los separan) y nacieron en ciudades no demasiado lejanas, a orillas del Mediterráneo: Banyuls-sur-mer, en la Occitania próxima a la frontera española, y Barcelona. Además, en su veintena, tanto Aristide Maillol como Manolo Hugué (a menudo llamado sólo Manolo) recalaron en París, y su paso por allí sería fundamental para ambos: Maillol comenzó a desarrollar su interés por la escultura, expuso en la galería de Ambroise Vollard y triunfó en el Salón de Otoño, preludio de muchos éxitos y encargos posteriores, mientras que Hugué, en Francia, trabajó tanto en ese campo de la escultura como en el de las joyas y conoció a Rodin en su etapa más fecunda.
En la gran ciudad entablaron contacto, pero su amistad se consolidaría tiempo después, cuando durante la I Guerra Mundial coincidieron en los Pirineos orientales. Maillol pasó esos años en su ciudad y Manolo en Céret, a unos cuarenta kilómetros, y sabemos que se visitaron con asiduidad y probablemente mantuvieron intercambios artísticos relevantes a la hora de dar forma a sus respectivas producciones: sobrias y apegadas a lo esencial.
En tiempos de ismos y rupturas, tanto el francés como el español optaron por no despegarse de la figura humana: el primero tratando de sintetizar la armonía clasicista, la monumentalidad y formas puras y contundentes que, en cierta medida, antecedieron las del arte de los treinta y algunos desarrollos de Henry Moore; el segundo, próximo al Noucentisme catalán, aunando rasgos clásicos y populares, los acabados rugosos y la volumetría firme, y desde luego abordando temas mediterráneos: maternidades, campesinos, toreros. No quiso ceñirse a un único material (utilizo bronce, piedra y madera) y supo conjugar la sencillez y el anhelo espiritual.



Quince trabajos de cada uno de ellos pueden contemplarse desde hoy en la galería Leandro Navarro, en la muestra “Maillol-Manolo. La escultura pura”, que pone el acento en algunos de sus puntos en común: su mirada a la Grecia arcaica y clásica, los evidentes lazos de sus creaciones con la cultura mediterránea y su rigor en el modelado.
Se trata de una de las exposiciones más significativas de este inicio de 2026 en Madrid: además de por la relevancia de sus piezas, porque ésta es la primera presentación que una galería española brinda a Maillol (y sólo es la segunda que Leandro Navarro dedica a Hugué; la anterior la ofreció hace un cuarto de siglo). Además, el proyecto es fruto de la colaboración de este espacio con otras dos salas, adonde viajará en meses venideros: Artur Ramon Art, en Barcelona (allí se verá de marzo a mayo) y Dina Vierny, en París (de septiembre a octubre).
De Maillol podremos contemplar Buste de Vénus à la frange (1920-1928), una colección de obras en pequeño formato entre las que destacan dos estudios para su célebre y monumental Méditerranée y otras esculturas de mayor tamaño, como Pomone à la tunique (hacia 1920) y Jeune fille assise – Korda – 1er état (1936).
De Hugué debemos señalar sus piezas en bronce La Bacante (1934) -de la que se conserva otro ejemplar en el Museo de Arte Moderno de Barcelona- y Femme assise (1930-1931), así como un conjunto de terracotas.



“Maillol-Manolo. La escultura pura”
C/ Amor de Dios, 1
Madrid
Del 8 de enero al 20 de febrero de 2026
OTRAS NOTICIAS EN MASDEARTE:





