La nueva muestra que acoge la Sala de Exposiciones de la Diputación de Huesca, tras exponer proyectos artísticos de Javier Sáez Castán y Adela Moreno, conjuga la creación y la investigación.
Iñaki Bergera, Catedrático de Proyectos Arquitectónicos en la Universidad de Zaragoza y también fotógrafo, comisario e investigador, estudioso de la arquitectura española contemporánea y de sus nexos con el paisaje y la fotografía, despliega aquí hasta mayo “Línea P. Los bunkers del Pirineo”, los frutos de sus indagaciones sobre esa barrera militar que las autoridades franquistas planificaron y erigieron parcialmente, al acabar la Guerra Civil, con la finalidad de blindar la cordillera pirenaica frente a posibles incursiones de tropas extranjeras.
En 1944 se inició la construcción en la montaña de 5.000 asentamientos, la mitad de los previstos, que se levantaron con cemento y hierro y que quedaron divididos en sectores, núcleos de resistencia, puntos de apoyo, elementos y subelementos, según la clasificación orquestada. Su distribución, teniendo en cuenta la orografía, se concibió para garantizar que quedaba cubierto el campo de tiro de las diferentes tipologías armamentísticas.
Las obras se dieron por finalizadas en 1956, aunque como dijimos resultaron inconclusas respecto a las proyecciones iniciales, y estas construcciones quedaron envueltas en cierto secretismo hasta su abandono completo en los setenta, sin haber sido utilizadas. Era un proyecto anacrónico prácticamente desde que se inició, pero ello no le resta valor patrimonial, y sobre él nos propone reflexionar Bergera, tras examinar abundante documentación.


Dada la amplitud de aquella llamada Línea P, el investigador ha decidido centrarse en uno de los sectores de la provincia de Huesca: el número 23, situado en la comarca del Alto Gállego, que ha tomado como caso de estudio. Contando con documentos originales del Archivo General Militar de Ávila, con investigaciones previas de J. M. Clúa Méndez y con sus propios registros, se ha esforzado en analizar la naturaleza tipológica de estas pequeñas fortificaciones, su implantación paisajística, su materialidad constructiva, su condición espacial determinada por la luz, y su forma, deudora de su funcionalidad.
Dada su cercanía a Francia, este sector 23 fue el más importante de todos, junto al del valle del Aragón. En él se planificaron media docena de núcleos (El Furco, Sallent, Las Grampas, Panticosa, Hoz de Jaca y Biescas); cada uno de ellos, a su vez, se estructuraba en puntos de apoyo y elementos de resistencia, los asentamientos defensivos en sí. Bergera ha geolocalizado y fotografiado los que perviven, a una altitud muy elevada, tomando centenares de imágenes exteriores, interiores y aéreas.
En la documentación del momento, estas obras eran llamadas asentamientos fortificados o casamatas, términos que en nuestro idioma equivaldrían al de búnker. Los más habituales entre ellos eran los destinados a albergar y emplear armas automáticas, es decir, fusil ametrallador y ametralladora, simple o doble; otros se pensaron para el almacenaje y uso de artillería, como asentamientos a cielo abierto, observatorios, puestos de mando o refugios de personal y víveres.
Bergera ha estudiado las peculiaridades arquitectónicas de esas variantes, ligadas, como dijimos, a su uso y a su ubicación. El diseño estandarizado hubo de adaptarse a múltiples condicionantes.


Su hallazgo sobre el terreno, para el profano, no es del todo fácil: solían quedar camufladas, soterradas; Bergera habla de acupuntura territorial. Tal es su fusión, décadas después, con la orografía pirenaica que una mirada desprejuiciada podría trazar lazos entre esta suerte de túmulos y ciertos proyectos del land art.
Al exterior, suelen manifestarse como pequeños huecos negros, ideados para la observación discreta, enmarcados por cantos de hormigón que habían de impedir el rebote hacia el interior de los proyectiles. En el fondo, eran máquinas desde donde mirar a salvo, cámaras oscuras que no llegaron a disponer de puertas, aunque en principio estuvieran previstas. Al exterior, su entrada toma la forma de una grieta u orificio -hay minas, madrigueras o tumbas a las que se accede igual-; aquí, sin embargo, no se entra, sino que se penetra, pasando de la luz a la penumbra. En sentido inverso, se escapa de la noche al día, pero quizá también, pretendidamente, al peligro.


En este punto hay que hablar del campo de tiro, razón de ser de cada asentamiento y causa de su localización. Cada construcción tiene sentido por lo que desde ella se ve: el trozo del mundo que desde allí se domina, la escenografía a escudriñar.
Para otear qué espacios ocupan en relación con la extensión de las montañas, Bergera empleó drones. En las imágenes que tomaron, los hormigones asoman en la hierba casi como lápidas aisladas, o como cuadrados suprematistas especialmente abstractos. En su interior, el espacio es mínimo; la altura, la justa para desplazarse sin encorvarse; y la humedad ha llegado a penetrar en el cemento.
Desde las troneras de este sector no llegó a dispararse, pero hoy continúan enmarcando paisajes, delimitándolos para quien se adentra en ellas. Marcando perspectivas posibles desde las que comprender los lugares más agradecidos.


“Línea P. Los bunkers del Pirineo. Iñaki Bergera”
SALA DE EXPOSICIONES DE LA DIPUTACIÓN DE HUESCA
C/ Porches de Galicia, 4
Huesca
Del 6 de marzo al 10 de mayo de 2026
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