
Esta noche, reunidos los tres alrededor de nuestra madre, hemos sido por última vez koljós.
A fines del pasado 2025 P.O.L publicó en Francia, y el 18 de febrero verá la luz en español en Anagrama, lo último de Emmanuel Carrère, quizá su obra más extensa: Koljós, a la que cuesta llamar novela y que ha recibido el Premio Médicis.
Se anuncia como su texto más íntimo, y puede que sea así, aunque los lectores de este autor saben bien que no es en absoluto extraño que tome su vida ni la de su familia como material literario (Una novela rusa, Yoga), que ha corrido con las consecuencias de esa decisión y que, a la hora de enlazar vivencia y palabra, ha alcanzado un equilibrio difícil entre la no frialdad y la no sensiblería. Prácticamente se ha convertido en su sello.
Este volumen comienza con el homenaje que el Estado francés dedicó a su madre, Hélène Carrère d’Encausse, tras su fallecimiento. Historiadora, política durante un tiempo y secretaria perpetua de la Academia Francesa, fue una figura poliédrica y de enorme bagaje intelectual que, en parte de manera natural y en parte por propia intención, opacó y marcó de manera muy particular las vidas de sus cercanos. En un pasaje de Koljós, afirma Carrère que a su lado una conversación solía convertirse en entrevista, con lo que ésta tiene de charla desigual y un tanto falsa.
Y en el fondo, Koljós puede entenderse como tributo personal del autor de El adversario hacia su madre -esto es, como análisis de hijo y de escritor, cariñoso pero lucido, lucido pero cariñoso-. Encuentra las raíces de su psicología y sus modos de hacer, y de los suyos propios, en una historia familiar que, por sus tremendas ramificaciones, cuenta mucho a su vez de la historia de Europa. Descendiente de una familia de aristócratas georgianos asentados en diversos puntos del continente después de la Revolución rusa, el padre de la académica fue economista y filósofo, se ganó la vida en París como conductor de taxi y probablemente fue asesinado en 1944 a causa de su colaboración con el ejército alemán, como traductor en la II Guerra Mundial. Su hermano fue el notable compositor Nicolas Zourabichvili, con quien Emmanuel mantuvo una relación estrecha hasta su muerte, a diferencia de su madre, a cuenta de divergencias personales y políticas; y Carrère d’Encausse fue, además, prima de Salomé Zurabishvili, presidenta de Georgia durante seis años, defensora del acercamiento de este país a Europa frente a la injerencia rusa. De su familia más lejana forma parte, incluso, Anne Wiazemsky, la actriz protagonista de Al azar, Baltasar de Bresson y después esposa de Godard.
Koljós nos adentra en las vidas, meticulosamente investigadas por Louis Carrère, padre del autor y sombra de su mujer, de un friso de personajes sometidos al desarraigo, increíblemente valiosos en lo intelectual, complejísimos -nada extraño- en sus formas de ser. Y en unas dinámicas familiares casi nunca fáciles, pero dadas las circunstancias, tampoco insólitas; más puede resultarlo su revelación pública, que el escritor ha decidido llevar a cabo una vez fallecidos sus protagonistas y del modo que mejor sabe: deslizándose con talento y algún peligro entre lo que puede ser dicho y lo que quizá no. Comprendiendo a individuos, en este caso bien reales y cercanos, que vivían y pensaban muy distinto; incluso a sí mismo en el camino.
El título de la obra, utilizado en el argot familiar para aludir a las reuniones entre hermanos -dados los orígenes de su madre-, apela, además, a las múltiples referencias de Carrère a la historia rusa, en relación a ese pasado de los Zourabichvili pero también a los ensayos de Carrère d´Encausse, su trato controvertido con Putin previo a la guerra de Ucrania y la visión del autor de este mismo conflicto tras quedar atrapado, en su arranque, en el aeropuerto de Moscú. Dostoievski y Tolstoi salpican una narración nunca maniquea.


