Un escritor está mórbidamente unido a sus penas, a sus pesadillas. Nada le resultaría más terrible que curarse.
Cada vez son menos raros los relatos de escritores nacidos de experiencias en los museos -nocturnas o en forma de residencias- y propiciados por esos mismos centros. Andrea Marcolongo reflexionó sobre el expolio del arte griego en Desplazar la luna, durante una noche en el Museo de la Acrópolis, y el Prado inició hace tres años un programa de residencias para autores internacionales de prestigio al que acaba de sumarse Leïla Slimani.
En diciembre de 2018 esta autora francomarroquí, que se confiesa abonada a la escritura recluida, disciplinada y silenciosa, recibió la invitación de encerrarse, ella también durante una noche, en el museo veneciano de Punta della Dogana y, contra su intuición primera y animada por su agente, decidió aceptar.
A diferencia de Marcolongo, Slimani manifiesta desde el principio su distancia respecto al arte contemporáneo que alberga ese centro, su sensación de sinsentido ante esta vigilia y ante esas creaciones: las obras parecen ser para ella objetos neutros, frente a la intimidad accesible que sí encuentra en los libros, desde su infancia o juventud. Cuando se estableció en París trató -explica- de convertir la visita a exposiciones en una ocasión de disfrute, dejándose llevar por sus gustos y emociones, más que por la obligación de apreciar belleza donde los manuales o las cartelas señalan que debe hallarla, pero el placer no acabó de llegar.
Reconoce Slimani en El perfume de las flores de noche, el libro derivado de esas horas en Venecia, que nunca ha terminado de recorrer del todo cómoda los museos, espacios para la belleza y el genio, aparentemente elitistas, en los que dice sentirse pequeña.
Es esa circunstancia, sin embargo, la que aportará una forma de riqueza distinta a su texto: la mirada de esta escritora, Goncourt por Canción dulce, a La Dogana y sus piezas no es la de quien conoce, o cree conocer, ni la de quien elucubra sobre lo que ve a partir de un bagaje, sino la de quien se plantea por qué ha vivido estos lugares como ajenos y porqué le resulta complicado escribir allí y no en su despacho. Por qué lo considera un terreno elitista cuyos códigos no maneja, cuál es la razón de que ella escriba y qué implica ese acto de escribir.
Esas divagaciones nocturnas le conducen a su infancia en Marruecos; a la memoria de su padre, su primer mentor cultural, declarado inocente en un juicio que ya se había llevado por delante su salud; y a su uso de las palabras, de la ficción, para lograr lo que en vida se desea y no siempre se obtiene: poder inventarse a uno mismo y al entorno, protegerse del ambiente cercano o soñar con ir muy lejos de él, encontrar un hogar en las páginas cuando las raíces no están claras o plasmar el cambio permanente, frente a un arte que trata de fijar lo dinámico casi por naturaleza. Dar otro destino, más amable, justamente a su padre o contar lo que no se conoce, pero sí obsesiona.
El trasfondo continuo de su narración lo constituyen sus vivencias como marroquí en Francia y francesa en Marruecos, que una y otra vez vuelven a su texto al esbozarlo desde una ciudad cuya historia también basculó entre Oriente y Occidente. La escritura es su tierra de nadie, ni ésta ni el arte le ofrecen identidad o certezas y se convence, y nos convence, de que es bueno que sea así.


