Dos párrafos breves solucionan la presentación de Johan Otto von Spreckelsen en Wikipedia y no muchos más en las publicaciones especializadas. Este arquitecto danés (1929-1987), formado en su país, amante de la abstracción y de la geometría depurada, había diseñado sólo algunos templos de dimensiones humildes cuando, para sorpresa de todos y de él mismo, fue seleccionado en 1983 para encargarse del Arco de la Defensa de París, que además de plantearse como una construcción abierta al mundo, habría de culminar la perspectiva que desde las Tullerías se tiene del Arco del Triunfo napoleónico.
Era una empresa vertiginosa que respondía, sobre todo, a una ambición: la de Mitterrand por dejar su impronta en el eje histórico de la ciudad, coincidiendo con el bicentenario de la Revolución Francesa -en las mismas fechas, el Louvre fue sometido a reforma y se creó la Ópera de la Bastilla-. Precisamente el presidente y su corte abren El arquitecto, película de Stéphane Demoustier que este fin de semana llega a cines y que en francés lleva el acertado título de L’inconnu de la Grande Arche: el político presenta a su equipo la obra como suya, examinando con orgullo el proyecto ganador del concurso convocado, y sólo tras unos minutos de conversación se acordarán de dar la teórica buena nueva a Spreckelsen, a quien nadie conocía. Y a quien costará, por eso, encontrar.
Arranca entonces una trama, en la que cabe la comedia y cabe el drama, en la que los empeños del danés por llevar a término el edificio respetando sus planes iniciales serán más costosos que los trabajos de Hércules. No tanto Mitterrand como quienes lo rodean, el siempre árido aparato, convertirán el proceso en una sucesión de trabas mayores y menores: lo que no impide la legislación, lo echa al traste su falta de imaginación; el placer del muy mediocre en impedir el brillo ajeno.
No faltan las secuencias que conectan El arquitecto con la cercana The brutalist y con El manantial, la película de King Vidor inspirada en la novela de Ayn Rand que abrió camino cinematográfico a los arquitectos incomprendidos por clientes cortos de miras: la visita de Spreckelsen (el también danés Claes Bang) a las canteras de mármol de Carrara, su inquietante elevación en ascensor a alturas que parecen no corresponderle, o la presencia de Sidse Babett Knudsen como la esposa que trata de reconducir sus pasos hacia el pragmatismo. De devolver sus pensamientos a tierra.
Sin embargo, en la obra de Demoustier, pese al escrupuloso y aprendido respeto del arquitecto hacia sus clientes y esa lucha por que su composición primera del arco no se pervirtiera, no existe épica. La historia cierta del proyecto de Spreckelsen difícilmente lo hubiese permitido: ante las tensiones constantes con el personal francés designado para acompañarlo en su labor, se retiró de la dirección de la construcción en 1986 y fueron otros quienes la culminaron. Él fallecería al año siguiente y, dada su juventud, no se hace raro pensar en que el inmenso desgaste de este arco tuviera algo que ver.
Demoustier lo muestra como hombre y profesional íntegro ante un enjambre de burócratas que imposibilitan el arte, pero conduce intencionadamente al fracaso cualquier arranque de presentarlo como héroe. Ante la maquinaria política, sus mil intentos de preservar la pureza de su trabajo, de culminar una gran obra, están destinados al naufragio: Mitterrand no es Julio II, aunque Miguel Ángel también tratara de airearse en Carrara.
Estamos en los ochenta, y el espectador sabe que el artista con alma perderá frente al arbitrio de los despachos. Por eso, a veces, sus afanes nos resultan admirables y, otras, dramáticamente ridículos. Y porque pasa más tiempo en reuniones, sea pactando o discutiendo, y envuelto en juegos de poder, que a pie de obra, el público tendrá claro, mucho antes de su desenlace, que ésta es una narración veraz e incluso rigurosa sobre monumentos, dinero público y creadores que no pueden crear.


