Hace algo más de un cuarto de siglo desde que Tracey Emin desatara furor y estupor cuando su instalación My bed resultó nominada al Premio Turner en Reino Unido, en 1999. El ganador sería el cineasta Steve McQueen, pero su cama sucia y deshecha consiguió todas las miradas y no pocas indignaciones.
Emin formaba parte entonces del colectivo Young British Artists y en los noventa compartió exposiciones con Damien Hirst, Chris Ofili o los Chapman, que desafiaban las fronteras entre disciplinas artísticas y también las convenciones a la hora de dar a conocer y vender sus obras. Emin, de hecho, contaba con el apoyo económico y publicitario del galerista Charles Saatchi, todo un agente animador de la escena creativa en Gran Bretaña.
Channel 4 dedicó entonces un programa al asunto de la supuesta muerte de la pintura e invitaron a la propia Emin a participar. No lo hizo en buen estado ni con mesura, permaneció por eso poco tiempo en pantalla y al día siguiente ella confesó no recordar nada; el público y la crítica, claro, sí se acordarían en el largo plazo, aunque no siempre para mal. Recibió más invitaciones de entrevistas y su producción se vendió sin problemas: The bed fue adquirida enseguida por el propio Saatchi y él la poseyó hasta 2014, cuando un industrial alemán la compró por más de dos millones y medio de libras. Actualmente forma parte de la exhibición de la Tate Modern “A second life” (hasta el 31 de agosto de 2026).
Se trata de la misma cama de Tracey Emin, con sábanas arrugadas y sucias y rodeada de objetos personales: zapatillas, botellas de vodka, tabaco, papel higiénico, condones, ropa interior, un peluche, tubos de crema, ceniceros sucios…

Lejos de ser un lugar de descanso, es un espacio de otro tipo de intimidad, sórdida y representativa de una etapa particularmente baja de la artista, ligada al alcoholismo, la violencia, el sexo y la destrucción. Puede suscitar quizá curiosidad y puede que compasión; rara vez un deseo de acercamiento. La suciedad escandalizó al público porque, en los años noventa, esa inmundicia no estaba presente en el arte; por más que La mierda de artista de Piero Manzoni datara de 1961, en aquella obra lo abyecto quedaba enlatado y ni visiones ni olores podían perturbar la paz del espectador. La británica, sin embargo, ponía la mugre delante de nosotros.
Antes de ser nominada a los Turner, My bed había podido verse en Japón y Nueva York y, como paso previo a su exhibición en Inglaterra, tuvo que ser parcialmente rehecha porque algunos objetos, en los viajes, se perdieron o estropearon. Ocurrió lo mismo en muestras posteriores, por eso esos objetos están, desde hace años, minuciosamente catalogados y todos se conservan en bolsas de plástico asépticas, por separado. Aunque son de uso corriente y fácilmente sustituibles, en cada puesta en escena de este trabajo ofrecen cierto aura, la propia de las obras que un museo expone; sin embargo, en el paso del tiempo, como ha señalado el crítico Jonathan Jones, el conjunto de la pieza transmite un carácter distinto al de sus inicios: ya no refleja el estado personal de la artista, sino que encarna la memoria de un momento -íntimo y creativo- pasado. En palabras del mismo Jones, en lugar de un furioso documento del arte de los chicos malos de los noventa, ahora es una extraña cápsula del tiempo preservada, el recuerdo de borracheras pasadas. La Pompeya de la vanguardia bohemia.
Fue en una entrevista a Carl Freedman, otro galerista amigo suyo, cuando Emin explicó cómo surgió The bed: había pasado días fuera de casa, de bar en bar, caminando hacia el desastre. Cuando por fin regresó, permaneció durmiendo dos días seguidos hasta que se levantó a beber agua. Su visión de la cama tras volver de la cocina es lo que en esta obra recreó: en un primer momento pensó que podía haber muerto ahí; después, tomó distancia y apreció en aquello una forma de belleza.
No era la primera de sus creaciones con ecos biográficos, ni mucho menos: desde su primera individual, en 1993, prácticamente todas sus obras guardan vínculo con su vida. Sus instalaciones, films y dibujos, además de sus textos, remiten a sus depresiones, su adolescencia, una violación, sus amores, adicciones, las relaciones con su familia…

Incluso, en 1995, ideó un museo con su nombre que sólo trataba de ella. Sus experiencias y su producción, lo cotidiano y su representación, se fundían completamente. Tampoco era nuevo el dormitorio en su carrera: en 1996 había presentado Sleep, una almohada pintada con dibujos y palabras; y en 1997 mostró en la Royal Academy una tienda de campaña llamada Everyone I have ever slept with 1963-1965, con los nombres de todas las personas con las que había compartido cama. Posteriormente, en 2002, llevó a cabo la instalación To meet my past, consistente en un colchón con ropa de cama y un baldaquino del que colgaban cortinas, superficies sobre las que había cosido lemas como el título de la pieza o Please God don´t do this to me.
Es tentador considerar My bed como ready made, pero no podemos entender que responda a la misma definición: los objetos que la componen son muy personales y no encontrados, y cada uno acoge una historia; no se trata de utensilios sin valor ni simbología. Además, su presentación busca una teatralidad, no obedece al mero acto de situar un instrumento cotidiano en un museo: todos los enseres integran un cuadro de podredumbre que no se oculta.

BIBLIOGRAFÍA
Charo Crego. Dentro. La intimidad en el arte. Abada Editores, 2023
Tracey Emin. Strangeland. Alpha Decay, 2016

