Por Luis Guerra
Las grandes ciudades permiten, como casi ningún otro entorno, poner de manifiesto y confrontar las identidades individuales o de grupo, entendidas como la conciencia (individual o colectiva) de ser uno mismo y distinto a los demás. El urbanismo y el paisajismo lingüístico han reflexionado sobre esta idea, con el ánimo de describir cómo se desarrollan, se hacen presentes y se yuxtaponen las identidades de los individuos (o de los grupos de que forman parte) en el ámbito urbano.
Así, por ejemplo, los estudios sobre el paisajismo lingüístico urbano han descrito detenidamente los procesos de re-territorialización y de reconstrucción identitaria que se generan en los lugares donde se establecen las comunidades migrantes que residen en algunas ciudades europeas. Los migrantes traen consigo una parte de sus culturas de procedencia, fragmentos que, combinados con los de la cultura de acogida, les permiten construir una identidad híbrida con la que desenvolverse en el nuevo contexto. El paisaje lingüístico (que, como sabemos, alude a la presencia de signos lingüísticos en el espacio público) que generan estas comunidades, se convierte en un importante indicador de estos procesos constitutivos o reafirmadores de identidad, a la vez que nos muestra cómo las comunidades migrantes definen su presencia en la sociedad de acogida y dan cuenta de su vitalidad etnolingüística. Pensemos, por ejemplo, en la comida, uno de los principales elementos del bagaje cultural de los migrantes, tan presente en el paisaje lingüístico de las ciudades (en sus restaurantes, tiendas de alimentación, puestos en las calles, etc.).
El urbanismo, por su parte, también se ha ocupado de la relación entre ciudad e identidad. Richard Sennett, refiriéndose a la identidad individual, sostiene que la experiencia urbana, con su complejidad y las inseguridades que puede generar, es necesaria para el desarrollo de una identidad adulta, entendida como aquella que permite a las personas afrontar situaciones inesperadas y tolerar lo diferente. Así, promueve un urbanismo que fomente los lugares de contacto entre personas extrañas entre sí, que abra las ciudades al encuentro entre diferentes.
Para ilustrar estas relaciones abstractas entre ciudad e identidad, de modo que podamos ver cómo se concretan en el tejido urbano, tomaremos un par de ejemplos extraídos de las calles de Madrid, concretamente de los distritos de Tetuán y Carabanchel.

En el distrito de Tetuán se da, desde el punto de vista urbanístico, uno de los elementos que definen las ciudades abiertas de las que habla Sennett: una frontera permeable. Tetuán es un distrito muy heterogéneo, donde se encuentran realidades muy diversas. La calle de Bravo Murillo divide longitudinalmente el distrito en dos: a su derecha, en dirección a la Plaza de Castilla, quedan los barrios acomodados (Castillejos y Cuatro Caminos), que se extienden hasta el Paseo de la Castellana. En la “margen izquierda” los barrios más humildes, que conforman el Tetuán obrero (Bellas Vistas, Almenara, Valdeacederas y Berruguete). Se trata de dos ámbitos claramente diferenciados, dos paisajes contrapuestos, que viven conectados y también de espaldas entre sí, “dos espacialidades predominantes, conectadas por una tensión permanente que dinamiza una relación de desigualdad”, como ha descrito el distrito en su tesis doctoral Ivonne Herrera Pineda. Si bien la movilidad entre las dos zonas es limitada, Bravo Murillo (y las calles inmediatas a ella) actúa como una frontera permeable en la que se encuentran los distintos grupos sociales. Los mercados de abastos (como el de Maravillas, el de San Enrique o el de Tetuán), por ejemplo, permite estas interacciones, esos contactos entre diferentes que hacen que las identidades se crucen.

En el distrito de Carabanchel, la dinámica urbana que propicia el contacto entre comunidades diversas es otra: un antiguo polígono industrial, situado en el barrio de San Isidro, ya con muy poca actividad a finales del pasado siglo, ha sido el punto de atracción para una comunidad artística que, paulatinamente, se ha ido asentando en la zona en las últimas décadas. Las fábricas en desuso han cambiado su función, transformándose en estudios, talleres de artesanía, espacios creativos y centros de formación. El cambio afecta también al tejido social del distrito, al poner en contacto a dos comunidades con identidades muy distintas: la población tradicional del barrio, de carácter humilde y obrero, y la comunidad artística, que comparte un bagaje cultural muy definido, así como unos códigos estéticos y de consumo y forma de vida homogéneos. El encuentro entre ellas, aunque no exento de tensiones, propicia un espacio urbano que permite el contraste y la diversidad, que abre la ciudad a relaciones entre grupos de personas muy diferentes. El paisaje lingüístico que exhibe ahora el barrio muestra las inquietudes, actividades e iniciativas de sus nuevos habitantes, en coexistencia con el paisaje producido por la población obrera que tradicionalmente lo ha ocupado. Las señales lingüísticas públicas constituyen indicadores explícitos de las identidades comunitarias que se encuentran en el mismo ámbito urbano.
De lo aquí expuesto se deriva la posibilidad de “leer” los paisajes lingüísticos urbanos en relación con determinadas prácticas urbanísticas que persiguen abrir la ciudad, es decir, poner en contacto a grupos de personas diferentes, de modo que las identidades (individuales y grupales) se confronten y crezcan en complejidad y riqueza.
Luis Guerra es doctor en Filología e investigador en comunicación y migraciones.
25/03/2026

