Casi una década después de que el Museo ABC presentara una muestra que nos introducía en el imaginario de Ana Juan, la artista valenciana ofrece en la capital una nueva exposición institucional, más amplia y comisariada por Inmaculada Corcho, la directora de aquel espacio. La acoge CentroCentro y lleva por título “Wunderkammer”, en alemán cámara de las maravillas, puesto que con las colecciones que aquellas atesoraban se vincula su iconografía: seres imaginarios a los que, en esta ocasión, se insufla vida, ya que saltan del dibujo a la escultura o la animación.
Formada en la Facultad de Bellas Artes de San Carlos, esta autora se trasladó a Madrid en los ochenta, donde comenzaría a colaborar con publicaciones como Madriz, La Luna, El País o El Mundo; desde entonces, hace más de cuarenta años, no ha cesado Ana Juan de ilustrar portadas de libros, carteles y campañas publicitarias. Ha llevado a cabo, asimismo, cerca de una veintena de cubiertas para The New Yorker -destacando Solidarité, en homenaje a las víctimas del atentado de Charlie Hebdo-, y dejado su sello en múltiples libros infantiles y álbumes.
En la quinta planta de CentroCentro nos esperan un centenar de sus composiciones, la mayoría fechadas en el último año, que dan cuenta de las peculiaridades de los procesos creativos y del modo de entender el mundo de una artista que viene afanándose en poner orden a su realidad cotidiana.

Estas obras componen, en conjunto y según ha explicado Juan, una fábula visual en la que nuestro ojo no podrá fiarse de lo aparentemente evidente: ella construye metáforas en las que no es sencillo discernir lo cierto y lo falso. Como confusas eran, quizá más que ninguna otra cosa, aquellas wunderkammer: gabinetes de coleccionistas interesados por ramas muy diversas del conocimiento, por lo creado por la naturaleza y lo fabricado por la mano humana. En algún caso con vocación enciclopédica, esos fondos, en buena medida, nos hablan del saber universal alcanzado en la época en que se gestaron, pero además, y paradójicamente no menos, de las inquietudes e inclinaciones más íntimas de sus dueños. También, claro, de su poder e influencias a la hora de adquirir todas esas piezas, de las obras de arte a los minerales.
En el caso de Rodolfo II de Praga, que poseyó una de las más interesantes, su máxima parecía ser “cuanto más extraño, mejor”. A su cámara accedían pocos, porque no le interesaba presumir (era un coleccionista de armario, más que de vitrina), pero quienes sí lo hicieron aseguraron que les suscitó tanta admiración como desasosiego. Como todos los descubrimientos importantes.
En Cibeles, la valenciana ha desplegado su personal gabinete iconográfico de curiosidades: imágenes nacidas de sus propias preocupaciones, de sus deseos y pasiones (sus temas predilectos han sido los humanos: la vida y la muerte, el amor y la guerra, la verdad y la mentira, las derivas del poder…), pero también, desde luego, de su inventiva. Internet, como era de esperar, es otra de sus fuentes: En la actualidad, lo extraordinario navega en las redes y somos nosotros los autores de las colecciones. Creamos nuestra propia visión del mundo con información que almacenamos en nuestros gabinetes sitos en nubes intangibles y que nos lleva a crear mundos paralelos.
En la actualidad, lo extraordinario navega en las redes y somos nosotros los autores de las colecciones. Creamos nuestra propia visión del mundo con información que almacenamos en nuestros gabinetes sitos en nubes intangibles.
Asimismo, era previsible que no tuviera esta muestra un recorrido establecido linealmente; las piezas se relacionan y transforman entre sí. Aunque sean autónomas, se potencian sus lecturas en su contemplación en conjunto. Sí se estructura en secciones, en seis: Caos, que remite al desorden que nace de no poder distinguir la verdad del embuste; La huella del caos, que contempla el cuerpo como un archivo que registra las huellas de lo vivido; Historias; en la que cada obra da lugar a uno o muchos relatos, susceptibles de ser continuados por el público; Todo y parte, una reflexión sobre la vida, lo individual y lo colectivo, los efectos de nuestras acciones, la transformación y la muerte; Dibujar el mundo, que alude al impulso primero de Ana Juan por trazar sus inquietudes, base de dibujos, pinturas, esculturas y diseños; y, por último, El dibujo, una reivindicación del que fue su lenguaje inaugural.
Comprobaremos en esta “Wunderkammer”, particular y contemporánea, que ese dibujo, junto a la misma vida -con sus atracciones y perturbaciones-, son la columna vertebran de todas sus creaciones. En cualquier disciplina.

Ana Juan. “Wunderkammer”
Palacio de Cibeles, 1
Madrid
Del 28 de enero al 3 de mayo de 2026
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