Christian Bretton-Meyer, Morten Steen Hebsgaard, Søren Petersen y Tommy Petersen se conocieron hace más de dos décadas, en la Real Academia Danesa de Bellas Artes, y muy pronto decidieron no trabajar individualmente, sino conformar un colectivo a caballo entre Berlín y Copenhague.
También eligieron no ceñirse a disciplinas específicas: sus prácticas oscilan entre la escultura, la performance, la fotografía y las incursiones en la arquitectura, y ellos mismos definen sus trabajos como instalaciones y esculturas performativas. Comenzaron deconstruyendo y reconstruyendo objetos cotidianos, obras de otros artistas e incluso formas tradicionales de exhibir arte, desde el deseo de poner en cuestión los métodos y formas tradicionales de mostrar la creación, pero sus caminos los han llevado por sendas diversas sin perder el humor, un enfoque postconceptual y el propósito de establecer relaciones sutiles entre obras, documentación y espacios, pues a menudo han desarrollado intervenciones in situ.
Ha sido frecuente que descuarticen réplicas de estatuas antiguas y que traten su materia únicamente desde el punto de vista de su potencial abstracto, ocultando sus motivos figurativos, incluso al incrustarlos en muros; que destrozasen por completo figuras de Venus o que convirtieran titanes en adoquines.
Normalmente parten de una pintura o de un lugar para deshacerlos, o para retar al espectador en su percepción al desestabilizarla, pero en otras ocasiones han querido dar la mayor expresividad posible a sus materiales valiéndose del azar, sobre todo si hablamos de metales. El bronce ha sido esencial en su producción, y en su manejo han permitido que la fuerza del fuego y del calor dejase más poso que la técnica metalúrgica, que hubiera conducido ese elemento a la solidez y la lisura.
En Maisterravalbuena, su galería en Madrid, hemos podido ya contemplar sus llamadas pinturas de bronce, ejecutadas con la técnica de la fundición a la arena, mucho más rara que la de la cera perdida: vierten el bronce colado sobre una cama de arena y arcilla mezcladas, en la que previamente se habían modelado las formas deseadas. Al solidificarse, el material abre cavidades, salpica y genera oxidaciones de tonos diversos que subrayan, una vez más, que el tiempo también crea a su manera.


“Twenty minutes past two” es su última exhibición en esa sala, abierta hasta el 4 de abril. Los artefactos que, en este caso, han tomado como símbolos de estabilidad y certeza no proceden del arte pasado, sino del ámbito cotidiano: relojes, documentos administrativos entendidos como soporte neutro de información verdadera o pavimentos regulares. Y una vez más, los han llevado hacia la duda y las arenas movedizas: un área en la que el suelo aún nos sostiene, el tiempo aún es contado y la información todavía yace escrita, pero ya no pueden resultarnos tan fiables porque se han alterado sus funciones primeras.
Sobre esas estabilidades puede derramarse el absurdo, en forma de fallos o accidentes inesperados a los que se da carta de naturaleza y seriedad. O de espontaneidad: las palabras pueden no generar únicamente documentos, sino también acuarelas instantáneas.
El grupo hace de la extrañeza, la anomalía, un arma cargada de posibilidades ante un sistema concebido para no fallar; nos propone considerar el error como un estado intermedio que deserta respecto al funcionalismo y la productividad del entorno reglado y que, por esa diferencia, despierta las sensaciones cómicas de casi todo lo que queda fuera de lugar.
En esta muestra, lo que podría ser nítido se nos escapa y lo, en principio, destinado a desaparecer (las desviaciones e irregularidades) perdura. Lo raro se hace posibilidad y no opción marginal.



A Kassen. “Twenty minutes past two”
C/ Hospital, 8
Madrid
Del 19 de febrero al 4 de abril de 2026
OTRAS NOTICIAS EN MASDEARTE:





