El año pasado falleció en Motril Póchó Guimarães, artista nacido en Guinea Ecuatorial y residente, a lo largo de su vida, en medio mundo -de su país a España, de Sudáfrica a Ucrania, pasando por Suiza-. Ese desplazamiento continuo está estrechamente ligado a su obra, elaborada con materiales cotidianos y tremendamente diversa en sus lenguajes: cultivó la performance, la danza, la música, la creación textil, las instalaciones o la escritura.
Es muy difícil etiquetar su producción ni encontrar referentes para ella, pues éstos no tienen nombres y apellidos conocidos: se nutrió de los saberes transmitidos generacionalmente en su familia, bubi la materna y fernandina la paterna -era nieto de Malabo II-; de las enseñanzas derivadas de su formación católica en la etapa en que su país se encontraba aún bajo dominio español; de la cultura y las arquitecturas que ha podido conocer allí donde ha residido; y, por último, de su conocimiento de la creación contemporánea, sobre todo de aquellos movimientos que no fueron únicamente pictóricos, sino que se abrieron a diferentes técnicas, como el dadaísmo o la Bauhaus. Fue también alumno de Grau Garriga.
En el caso de Guimarães, la vertiente más destacada de su trabajo tuvo que ver con los tejidos: los elaboró en técnica mixta y alto lizo, utilizando telas, cuerdas y fibras naturales, además de materiales menos habituales en este soporte como cartón, latas, conchas, abalorios, objetos encontrados y, sobre todo, papel de periódico. Esa acumulación, en su caso, no obedece sólo a razones formales: este autor quería elaborar sus tapices siguiendo los mismos caminos por los que piensa, esto es, encajando fragmentos, construyendo símbolos y conservando experiencias y memorias. Cada uno de esos enseres está ahí porque remite a su propia familia o su comunidad, a los ancestros y cosmovisiones africanas, la espiritualidad o la vida cotidiana y al acervo material que acompaña a esta última, no necesariamente como excrecencia, sino como equipaje necesario.
En el fondo, el propósito último de este autor ha sido el de recordar que es posible generar significados a partir de aperos habituales y que son muchas las reflexiones que en torno a ellos pueden articularse: qué pasado transportan, qué relación guardamos con él, hasta qué punto media en esos nexos la geografía y si estos lazos pueden o no diluirse cuando la educación o el clima general promueven la desmemoria.


Aunque su legado no es demasiado conocido para el público general, forma parte de colecciones nacionales e internacionales, entre ellas las del Museo Reina Sofía, el Nacional de Antropología, la Fundación Legado Literario Miguel Hernández, el Museo Nacional de Escocia o la Norval Foundation de Sudáfrica y, hasta el próximo noviembre, el Centro Cultural de España en Bata le brinda la exhibición «Póchó Guimarães Malabo y las obras que hablan». Parte de una investigación realizada por la artista española María Bueno, que lleva por título En-maraña con Pótyó Guimarães y que precisamente asocia los relatos y tiempos de Guinea Ecuatorial y España, los de la familia de uno y la de otro, atendiendo a viajes, conversaciones, experiencias individuales y colectivas y, claro, también materiales.
Además de en esta muestra, que comisarían Bueno y Justo Bolekia Boleká, ese trabajo también ha tomado forma de libro –Somos fantasmas con cutis tieso que no sabemos decir ni mú-, y una y otro sitúan a Guimarães en un contexto más amplio que el de las clasificaciones etnicistas: su producción se enlaza con la de otros artistas que han hecho suyos los textiles como medio de trabajo principal o puntual y se analizan las causas de su vigencia en el presente. Éstas últimas pasan por sus referencias a cuestiones como el racismo, la importancia de la comunidad, los ejercicios de resistencia y libertad, que lo conectan con autores actuales, como él, más deseosos de ser populares que célebres.


«Póchó Guimarães Malabo y las obras que hablan»
CENTRO CULTURAL DE ESPAÑA EN BATA
Paseo Lumu Matindi, s/n
Bata
Del 4 de septiembre al 3 de noviembre de 2026