El Ministerio de Cultura ha anunciado esta mañana que Pilar Albarracín es la artista galardonada con el Premio Nacional de Artes Plásticas correspondiente a 2026. El galardón está dotado con 30.000 euros.
Un jurado presidido por Ángeles Albert, directora general de Patrimonio Cultural y Bellas Artes, y por Jesús Carrillo, subdirector general de Artes Visuales y Creación Contemporánea, y compuesto por Armengol Jiménez, director del Centre d’Art La Capella; Semíramis González, directora de LABoral. Centro de Arte y Creación Industrial; Gilberto González, subdirector artístico del CAAC de Sevilla y del C3A de Córdoba; Teresa Grandas, comisaria de exposiciones en el MACBA barcelonés; María López-Fanjul, directora-gerente del Museo de Bellas Artes de Asturias; Pedro de Llano Neira, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Santiago de Compostela; y Elena Jiménez Moreno, artista, ha destacado a la artista por “su construcción de una de las trayectorias más singulares y reconocibles del arte español contemporáneo” y porque “a través de la performance, la fotografía, el vídeo y la instalación ha revisado críticamente los imaginarios culturales españoles, abordando cuestiones vinculadas al género, la tradición, el folclore, la identidad colectiva y las estructuras de poder”.
Albarracín, que toma el relevo, como merecedora de este premio, a Fina Miralles, Teresa Lanceta, Rogelio López Cuenca, Dora García, José María Yturralde, Àngels Ribé, Ángel Bados, Ángela de la Cruz o Juan Hidalgo, viene recurriendo, fundamentalmente, a acciones performativas e instalaciones para diseccionar los estereotipos asociados a la idea de “lo español”. Atendiendo a un enfoque feminista y abierto, maneja sus creaciones desde la ironía, la teatralidad y una crítica social normalmente aguda.
Ella misma suele convertirse en protagonista de muchas de sus acciones, planteando en primera persona su trabajo, tanto desde la imagen como desde la experiencia, y ha profundizado, desde perspectivas cotidianas o lúdicas, nunca pretenciosas, en temas que, más allá de consideraciones ramplonas, no se prestan siempre al humor: la violencia de género, la dureza de la vida en determinados medios rurales, las visiones supremacistas del mundo urbano hacia el campo, hacia el flamenco, o el pintoresquismo que sigue vivo en determinadas miradas a nuestro país desde el exterior. Cree en un arte desacralizado, en las costumbres religiosas y populares liberadas y en la necesidad del compromiso, individual y colectivo, con el avance social femenino (ahí quedan sus pañuelos para llorar de 1997: porque sientes dolor, por la pérdida de libertad, para llorar en soledad, porque no encuentras palabras, para llorar por aburrimiento o para llorar morada).

Pilar Albarracín. Torera, 2009
Entre sus propuestas más celebradas podemos mencionar Viva España, performance en la que la propia Albarracín cruzaba las calles de Madrid acosada por una banda musical que interpretaba esa canción; Bailaré sobre tu tumba, una coreografía en torno a la lucha de sexos, a cuatro pies; y el que es uno de sus trabajos más emblemáticos: Lunares, en el que aparece la artista con un traje de sevillanas blanco que va convirtiéndose en rojo a medida que se pincha con alfileres.
Son evidencias de cómo trabajar desde el arquetipo le sirve para enfrentarse, desde dentro y con ironía, a los clichés, y a su vez delimitar sus fronteras con las viejas tradiciones y el sano folclore. Su mismo cuerpo es, hasta ahora, su instrumento más común a la hora de referirse a rituales y trances, de poner en la picota las narrativas habituales.

Pilar Albarracín, Premio Nacional de Artes Plásticas 2026