Antes del final de la I Guerra Mundial, ya era patente en Italia que el auge del movimiento futurista sería fugaz; uno de sus principales defensores, Carlo Carrá, se apartó de esta corriente (belicista) en 1917 por la impresión que le produjo encontrarse con Giorgio de Chirico en un hospital de campaña, en Ferrara.
Este artista, de padres italianos, había nacido en 1880 en Volos (Grecia), el punto del que se decía que partieron los argonautas. Apollinaire dijo de él que era uno de los jóvenes pintores más sorprendentes que conocía: antes de la contienda, se dedicó a buscar vías para superar el impresionismo, el arte de las superficies bonitas, y penetrar en el «sentido interno de las cosas».
Ambos, Carrá y De Chirico, decidieron formular la estética de una pintura metafísica que proyectara espacios llenos de una honda melancolía, una enorme soledad y una inquietud difícil de definir. El cambio respecto al futurismo sería, obviamente, radical.
El dinamismo que había obsesionado a Marinetti o Boccioni, y en su momento al mismo Carrá, sería reemplazado por una inmovilidad silenciosa y casi opresiva, y la representación «materialista» de los temas, por alegorías de ecos arcaicos. Distanciándose del simbolismo, cuyas superficies agitadas adoptó antes el futurismo, los pintores metafísicos tomaron como punto de inspiración el primer renacimiento italiano y miraron a Uccello, Masaccio, Piero della Francesca, su delimitación precisa de figuras y objetos y sus calculadas perspectivas, a pesar de ello irreales.
Por aquella época Carrá se encontraba tratándose, en una clínica, de una afección nerviosa y, cuando los médicos vieron sus obras y las de De Chirico, estuvieron de acuerdo en que… los dos requerían tratamiento. Se trata de una anécdota sintomática del momento que habla del sentimiento generalizado de una amenaza latente, de soledad, cuya expresión convincente en la producción de Carrá y de De Chirico levantaba ampollas.
El segundo falleció en 1978, cuando estaba a punto de alcanzar un siglo de vida, y en su larga existencia logró desarrollar un estilo prácticamente independiente a las tendencias de su tiempo. Se mantuvo indiferente al impresionismo, al fauvismo y al futurismo (los tuvo en cuenta, más que nada, para alejarse de ellos) y admiró a los entonces denostados Arnold Böcklin y Max Klinger; con este último había estudiado en sus primeros años en Múnich.

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín
La lógica formal de las arquitecturas en la pintura de De Chirico no remiten al cubismo, sino al primer periodo del arte clásico italiano: a las plazas de Ferrara, una ciudad sombría y un punto nostálgica llena de recuerdos de glorias pasadas; también a las de Turín y Florencia, convertidas en espacios abiertos sin vida humana y poblados sólo por esculturas sin rostro que proyectan sombras alargadas.
Arcadas monótonas se abren como enormes gargantas abruptas y exageradas perspectivas con sus líneas en extraños escorzos y sus puntos de fuga singulares generan vacíos siniestros y sensación de irrealidad. En el horizonte a veces podemos divisar una locomotora o un tranvía, trenes fantasmagóricos que pueden tener que ver con el empleo de su padre como maquinista de ferrocarril.
Las de De Chirico son escenas kafkianas llenas de color que hablan en sí de añoranza: predominan el verde, el marrón y el gris. Las atracciones turísticas adquieren formas demoniacas y los objetos desarrollan vida propia, perturbadora y enigmática. La fuerza expresiva de esos espacios silenciosos aumenta cuando las esculturas son sustituidas por maniquíes de sastre, figuras fantasmales con una presencia anónima, como ídolos; la alienación de escenas que pudieron resultarnos familiares es completa y el desplazamiento por De Chirico de las cosas reales a un nuevo contexto, en que tienen un aspecto inesperado e incongruente, causa a veces sorpresa y otras… misterio.
El espectador es obligado a percibir realidades oníricas y secundarias y a implicarse en su interpretación, y la yuxtaposición ilógica de cosas dispares, que De Chirico dijo que había inventado Nietzsche, se convertiría luego en la base del surrealismo. Por cierto, del autor de Así habló Zaratustra, y de Schopenhauer, escribió el artista en su ensayo Nosotros, los metafísicos, en 1919, para señalar que fueron los primeros en enseñar el profundo significado que tiene lo absurdo de la vida. Añadió que los buenos artistas eran filósofos que han superado la filosofía.
Objetos muy diversos se agrupan en sus interiores metafísicos: fragmentos de esculturas clásicas, moldes de yeso, guantes de goma, vegetales, frutos, pasteles, aparatos científicos… Entre ellos, o tras los mismos, surgen espacios vacíos que con el tiempo se van reduciendo o limitando, como si De Chirico hubiese empezado a temer el aliento frío de la nada que previamente había invocado. Las composiciones se hacen progresivamente más complejas y confusas: hay quien aprecia en ellas algo de inseguridad psicológica.
De hecho, hacia 1925, cuando los surrealistas se encontraban en efervescencia, De Chirico hacía tiempo que había abandonado la pintura metafísica. Ya en 1919 había defendido una vuelta a la tradición, introduciendo así un arte ampliamente adoptado tras la I Guerra Mundial, en la etapa del retorno al orden. Empezó a copiar a los maestros renacentistas, especialmente a los del siglo XV, y a elogiar a los grandes coloristas hasta llegar a Renoir, sobre todo en sus años previos al impresionismo.
En el mismo año 1919 en que escribió aquel Nosotros, los metafísicos, publicó otro ensayo que sería decisivo en el futuro: El retorno a la artesanía, cuya penúltima frase era Pictor classicus sum. Así, De Chirico sellaba su retorno a los antiguos maestros.

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín
En tanto que maestro, no tanto en tanto que antiguo, siguen revisando su producción autores contemporáneos que el espacio Mazzoleni ha querido reunir en su 40º aniversario. Esta galería presenta, en su sede de Turín, «Giorgio de Chirico. El enigma contemporáneo»: algunas de sus obras esenciales se exhiben en relación con composiciones de creadores que han recurrido a su legado, reinterpretando su estilo y sus motivos más característicos, desde los treinta hasta la actualidad.
Jugando a las yuxtaposiciones, se busca alumbrar entre unos y otros la idea de una metafísica continua: un lenguaje visual tan rico como ambiguo que recorre toda la trayectoria de De Chirico y que sigue resurgiendo en las prácticas de las generaciones posteriores. Algunos de los autores aquí representados han creado obras nuevas específicamente para la ocasión, o instalaciones site-specific; otros han aportado piezas inéditas que enriquecen la narrativa de la exposición.

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín
Alberto Savinio, Felice Casorati, Luciano Fabro, Giulio Paolini, Salvo y Wifredo Lam cultivaron como él asuntos como el mito, las posibilidades del clasicismo y la metamorfosis. La sensibilidad metafísica compartida que vincula Gli Archeologi – Amore e Musica de De Chirico con Jeux d’Anges de Savinio, ambas datadas en los treinta, resuena en las pinturas de Casorati y en los dibujos monumentales de Luciano Fabro (Ogni ordine è contemporaneo d’ogni altro ordine. Quattro modi d’esaminare la facciata del SS. Redentore a Venezia. Palladio, 1972-1973), que reimaginan la tradición renacentista, así como en las exploraciones de Paolini sobre la ambigüedad del doble y en la reflexión constante de Salvo en torno a los modelos clásicos. Las figuras híbridas y visionarias de Lam, por su parte, introducen una mitología que resiste la homogeneización colonial, al tiempo que reconecta, mediante una imaginería onírica, con sus raíces culturales.
En Turín veremos también trabajos de Nunzio, Salvatore Astore e Iran do Espírito Santo que extienden estas derivas hacia una dimensión más física y espacial. En sus obras, la materia, la forma y la arquitectura se convierten en vehículos para revisitar algunos temas centrales de la producción de De Chirico: desde la construcción del espacio mediante la fuerza plástica de la materia —en el caso de Nunzio—, pasando por la reflexión de Astore sobre el cuerpo como estructura esencial para interpretar la realidad, hasta la transformación —propuesta por Do Espírito Santo— del objeto cotidiano en una presencia monumental y perceptualmente desconcertante, lograda mediante variaciones de escala y a través del uso de materiales inesperados.

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín
Los paisajes en la exposición corren a cuenta de Marinella Senatore y Andrea Francolino, ocupando un lugar central en su respectivo diálogo con De Chirico. En sus nuevos tapices, concebidos especialmente para la ocasión por Senatore y presentados junto a la célebre Pittore Paesista (hacia 1958), ese paisaje se manifiesta como un espacio de construcción colectiva, configurado por recuerdos, narrativas y formas de participación. Su cara a cara con De Chirico pone de relieve cómo la dimensión simbólica de la naturaleza sigue generando nuevos imaginarios compartidos.
Una perspectiva complementaria sobre el mismo género surge en la instalación específica que Andrea Francolino presenta como parte de su serie Piazze. A través de sus crepe d’acqua (grietas de agua, metáfora de un ciclo perpetuo que aúna permanencia y cambio), el paisaje se convierte de su mano en una huella física y procesual del tiempo. Aquí también, el diálogo con de Chirico revela la vigencia de una visión capaz de trascender la mera descripción del mundo para transmitir su vertiente poética y generativa.
Culminando el recorrido, el encuentro entre Le Muse Inquietanti (1958) y piezas de Michelangelo Pistoletto y Massimo Vitali sitúan de nuevo a la figura humana —y su representación en la cultura contemporánea— en el centro de nuestras atenciones. Desde las ambigüedades de la identidad exploradas en los Quadri specchianti de Pistoletto hasta las fotografías de Vitali —donde el paisaje contemporáneo deviene escenario de multitud de presencias y micronarrativas, observadas a través de una mirada analítica, inquisitiva y libre de juicios—, el legado metafísico de De Chirico sigue latiendo en nuevas formas de observar lo real, confirmando la extraordinaria vitalidad de un mundo imaginario que, más de un siglo después, no ha perdido eco.

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín

Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma. Mazzoleni, Turín
«Giorgio de Chirico. The Contemporary Enigma»
Piazza Solferino, 2
Turín
Del 28 de octubre de 2026 al 16 de enero de 2027