Pintora, pastelista, dibujante y grabadora, la artista belga Jenny Montigny (Gante, 1875 – Deurle, 1937) desarrolló durante cuatro décadas una producción notablemente diversa en torno a tres ejes básicos: la luz, el color y la presencia humana. En sus composiciones demostró una muy desarrollada agudeza visual y una fascinación constante por la vida cotidiana: entre sus motivos habituales se encontraron los niños en la escuela, los campesinos en el campo, las madres atendiendo a sus hijos, las mujeres paseando por el parque, sus allegados reunidos a orillas del río Lys o las flores recién cortadas en el jardín; en suma, quehaceres o vistas frecuentes en las que sabía atisbar el velo de lo extraordinario. Y si el ritmo de lo rutinario constituye el verdadero tema de su producción, la luz del sol es su principio organizador.
Este otoño, el Museo de Bellas Artes de la misma ciudad de Gante donde nació le dedica una retrospectiva que recoge piezas en todas las técnicas en que se desenvolvió, que en el recorrido nos conducen desde su infancia en la bella villa portuaria hasta los paisajes rurales de la región del Lys, pasando por su etapa en el pintoresco pueblo de Deurle, amado por muchos artistas, y por los años de guerra en Londres, para finalmente regresar a Bélgica. Las estampas de aire libre y vida rural conviven aquí con maternidades, interiores, naturalezas muertas y potentes escenas relativas a su vivencia del clima bélico de los años diez.
Los trabajos aquí reunidos proceden, en su mayor parte, de colecciones privadas y su presentación en este centro posee un simbolismo particular: al parecer, el museo fue visitado por Montigny cuando tenía dieciséis años, quedó impresionada por la obra de Émile Claus Los patinadores y ese mismo acercamiento a estas salas tuvo mucho que ver con su posterior decisión de convertirse en artista, una que, según sus contemporáneos, supo captar como pocos el sol y la vida.
Vinculada a menudo al impresionismo, creció en el seno de una familia acomodada, de ideología liberal y abierta a la vida cultural. Su padre, Louis Montigny, era profesor de Derecho y participaba activamente en la vida pública, mientras que su madre, Nancy Mair, de origen escocés, se ocupaba de la vida familiar. El contacto asiduo con los círculos intelectuales y artísticos brindó a la joven un espacio de formación y estimuló sus ambiciones creativas: dibujaba y pintaba desde su infancia. Lo que para la mayoría de las jóvenes de la burguesía no pasaba de ser un mero pasatiempo, en su caso se convirtió en una verdadera profesión.
A los dieciocho años, en 1894, recibió enseñanzas del propio Émile Claus en Astene, junto a otros alumnos de su mismo entorno —entre ellos Anna De Weert e Yvonne Serruys—, con quienes entablaría amistades duraderas. También mantuvo una estrecha relación con su maestro.
El desarrollo de un lenguaje plástico personal sería gradual, y Montigny esperó varios años antes de someter su obra al juicio del público. Tras su debut en el Salón de Gante en 1902, eso sí, se sucedieron rápidamente diversas muestras internacionales: en Bruselas, París, Venecia e incluso El Cairo. En 1904 se instaló en su propia casa-taller, que construyó con ese fin en Deurle: nos referimos a la Villa Rustoord, situada en plena campiña y rodeada de campos de flores.
Sabemos que esta autora se sentía profundamente vinculada a la naturaleza y que, en este lugar, encontró un entorno donde aquella, la agricultura y la vida cotidiana estaban genuinamente enlazadas. Las granjas, los huertos frutales y los caminos rurales aparecen con insistencia en sus piezas previas a la I Guerra Mundial. En realidad, el interés de Montigny no se centró, en un primer momento, en el paisaje, sino en las personas que lo habitaban y lo trabajaban, y observaba sus gestos con gran atención; por ejemplo, cerca de la Villa Rustoord, se fijaba en el riego de las begonias al final de una jornada calurosa. A ese motivo le brindó un lienzo monumental que pudo verse en la Exposición Universal de Gante de 1913, y que fue adquirido casi de inmediato… por el Museo de Bellas Artes.
Hablamos de representaciones impregnadas de luz y color que rompen, pese a lo que pudiera parecer en una mirada rápida, con la imagen idílica de la vida rural. Tras el resplandor del sol se adivina la dureza del trabajo de la tierra: cosechar, plantar, cargar y cuidar forman parte de la vida cotidiana de la población, para la que el campo no era un mero decorado, sino un espacio vivido, donde todo depende de la continuidad de la labor y de la resistencia propia.

Jenny Montigny. Les Bégonias (Le Jardinier), 1912 – 1913. MSK Gante

Jenny Montigny. L’Étable, 1907. MSK Gante
Sería, sin embargo, en la Villa Zonneschijn de Émile Claus, al borde del mencionado río Lys en Astene (Deinze), donde nuestra artista se inició, hacia 1900, en la práctica de la pintura al aire libre. Dos décadas después, sobre todo tras instalarse en el centro de Deurle —su jardín lindaba con el río—, éste se convirtió en uno de sus motivos predilectos: sus orillas, su fauna, sus aguas y la incesante metamorfosis de la luz le ofrecían una fuente inagotable de inspiración.
Captó una y otra vez el Lys como un espacio de esparcimiento y sociabilidad: bañistas, remeros y navegantes de recreo se mueven en el agua y sobre ella y los niños juegan, en la orilla, mientras diversos grupos disfrutan de una tarde soleada. El paisaje y las figuras se funden en composiciones llenas de vida, donde las atmósferas, el clima y el ritmo del instante se vuelven casi tangibles. Estas piezas, testimonio de una temprana cultura del ocio, reflejan las transformaciones que experimentó la región durante los años veinte y treinta del siglo pasado: a los habitantes locales se sumaron cada vez más visitantes procedentes de la ciudad, atraídos por la tranquilidad y por unos parajes que aún se conservaban intactos.

Jenny Montigny. Peintresses travaillant en plein air, hacia 1900. Colección particular
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Montigny se encontraba en Knokke-Heist, en casa de una de sus hermanas. Tras la muerte de su padre en Gante, ella se trasladó a Londres en noviembre de 1914 y residió, hasta marzo de 1919, en el barrio de Chelsea, donde dibujó, pintó y se inició en la técnica del aguafuerte.
Su obra de aquellos años se desarrolló entre dos universos aparentemente irreconciliables. Por un lado, los parques cercanos —Hyde Park, Kensington Gardens, Battersea Park— le ofrecieron una fuente inagotable de motivos, teniendo por tales mujeres y niños, niñeras empujando cochecitos, paseantes, jinetes, público en conciertos y, en ocasiones, algún soldado en periodo de descanso. A pesar del conflicto, la vida seguía su curso en los lugares de encuentro y esparcimiento. Por otro, llevó a cabo dibujos y grabados dedicados a los soldados belgas atendidos en los King Albert’s Hospitals, de gran intensidad expresiva. En ellos, Montigny representa salas de curas en las que el personal de enfermería atiende a los heridos. Gracias a la fuerza de los contrastes entre luces y sombras, y a la veracidad de unas escenas que captaba del natural, estos bocetos ocupan un lugar singular en su legado. No remiten a la contienda en sí, sino a sus efectos, así como a la experiencia de la vulnerabilidad y el cuidado.

Jenny Montigny. La Visite. King Albert’s Hospitals, Londres, 1918. Colección particular
La maternidad no dejó de ser un tema central en su obra. Las madres no aparecen en sus telas como símbolos abstractos, sino como mujeres muy reales, provenientes de distintas clases sociales y enmarcadas en su entorno cotidiano; Montigny no idealizaba nada: observaba con una atención llena de empatía, a pesar de que ella misma no tuvo hijos, al igual que muchas otras mujeres artistas de su época.
Estas escenas íntimas se desarrollan en interiores rurales en los que los niños son alimentados, lavados, dan sus primeros pasos o recogen flores en el jardín, siempre en presencia de sus mayores. El énfasis recae en la cercanía física y en los rituales de la vida diaria, y los cuidados se presentan aquí como una sucesión de gestos concretos que requieren tiempo, atención y dedicación.
Durante las décadas de 1920 y 1930, la empleada doméstica de la artista, Zoë Bekaert-Ketels, y el hijo de ésta, Georges, le sirvieron de modelos en varias ocasiones y los representó con una autenticidad peculiar. Muestran la estrecha relación entre adultos y niños y el tejido social de la clase media.

Jenny Montigny. Maternité (Enfant au sein), 1927. Collection de la Communauté flamande
Finalizado el conflicto, volvió a Bélgica. Cuenta con una sección propia en la exhibición la escuela de Saint-Joseph, que ha permanecido casi intacta y sigue siendo un lugar emblemático de Deurle. Situada a un paso del mismo taller de Montigny, le sirvió de inspiración durante décadas: observaba a los niños en clase, pero sobre todo en el patio de recreo, rodeado de árboles. La luz, los árboles y la vestimenta de los pequeños revelan el paso de los días y de las estaciones.
Montigny no aborda tanto los retratos individuales de los pequeños, sino más bien sus comportamientos: la dinámica colectiva de la clase. Sabía captar sus actitudes: un grupo inmerso en el juego, una fila de alumnos esperando pacientemente, una religiosa leyendo en voz alta, un niño pequeño vencido por el cansancio. Y la luz ilumina tanto los espacios exteriores como los interiores, reflejando cada escena un mismo sentimiento de camaradería.
Estas obras constituyen una de las aportaciones más personales de Montigny al arte de su época: no tantos autores habían tratado este tema con este talento y vitalidad, ni con tanta frecuencia.
Pero la escuela fascinaba a Jenny Montigny tanto como el camino que conducía a ella. Este trayecto le ofrecía un tema en el que el paisaje y la comunidad del pueblo se encontraban. Sus dibujos y pinturas mostraban cómo la senda entre la casa y la escuela formaba parte de la rutina cotidiana; sin embargo, cada escena era distinta, según el clima, la hora del día y las condiciones meteorológicas. Grupos de niños atravesaban un entorno que les resultaba familiar, la mayoría de las veces sin ningún adulto que los acompañara. Pasaban frente al taller de Montigny, en la Dorpsstraat, bordeaban casas y setos, y recorrían terrenos rurales; por el camino, se detenían a jugar en un talud acondicionado para las cabras. El ambiente era, a veces, exuberante; otras, más contenido, y siempre adoptaba Montigny el ritmo de los infantes para crear composiciones en las que el color, la luz y el movimiento se interrelacionaban.

Jenny Montigny. En classe. Collection Het Kunstuur
Como vemos, las casas y los talleres que Jenny Montigny ocupó en Deurle no fueron solo lugares de vida y trabajo: en ellos encontró su inspiración; constituyeron el escenario tanto de su intimidad como de sus amistades. Su primera casa —tenía entonces veintiocho años— fue aquella Villa Rustoord, una residencia de estilo cottage con taller y jardín que luego tuvo que vender por motivos económicos. Después de 1920, alquilaría otra casa a orillas del río Lys y un taller situado a pocos minutos a pie, dentro del pueblo. En las pocas escenas de interior que se han conservado de entonces, la mirada se detiene en la disposición del espacio y en la presencia de la luz y las flores. El exterior y el interior a menudo se funden: las ventanas se abren hacia el jardín, mientras que pequeños jarrones introducen la vegetación en la casa.
Para Montigny, ese jardín fue el nexo indispensable entre su hogar y el exterior; era, al mismo tiempo, un lugar de trabajo y una fuente de inspiración. Las flores que cultivaba con esmero en Villa Rustoord —y, más tarde, las de la casa a orillas del Lys— le proporcionaron motivos para sus naturalezas muertas, tanto que en la muestra tienen capítulo propio.
Para esos bodegones —descritos por un contemporáneo como «naturalezas vivas»—, disponía sobre la mesa, en jarrones sin artificios, aquellas que acababa de recoger en su jardín: estos cuadros nos hablan de su gusto por la vida al aire libre. Hablamos de anémonas, narcisos, geranios, amapolas, aguileñas, hortensias y muchas otras especies. Son poco frecuentes los ramos que combinan distintas flores: por lo general, prefería pintar una sola especie a la vez, cuyo nombre pasaba a ser el título del cuadro. La exactitud botánica no era su punto de partida; su atención se centraba en el color, la luz y la atmósfera. A menudo, además, colocaba cerca del jarrón algunos objetos: una cajita, un cuenco, una novela o unas cuantas frutas sobre un plato.
Durante los últimos años de su vida, las naturalezas muertas florales ocuparon, de hecho, un lugar predominante en sus exposiciones, aunque no bajo esa denominación, sino la de flores. En ellas adivinamos el mismo impulso vital que en sus paisajes, sus escenas de maternidad y sus representaciones de niños: incluso en una composición estática, persiste la impresión de que todo está vivo y de que nada permanece inmóvil.
La exhibición se cierra recogiendo obras de artistas de su época con quienes la unían lazos de amistad, intercambios, estima recíproca o simplemente intereses comunes; todos pertenecían al mismo entorno cultural. Estas composiciones revelan afinidades, divergencias y puntos de encuentro, además de ricas visiones de la vida artística en Gante y sus alrededores a finales del siglo XIX y principios del XX.

Jenny Montigny. Yvonne Montigny, sœur de l’artiste, couchée. Colección particular
Jenny Montigny
MUSEO DE BELLAS ARTES DE GANTE
Fernand Scribedreef, 1
Gante
Del 10 de octubre de 2026 al 10 de enero de 2027