Veinte años después de recibir el Premio Gure Artea, el más importante del País Vasco entre los dedicados a la promoción de las artes plásticas, Abigail Lazkoz recala en Azkuna Zentroa con una propuesta a medio camino entre la antología y el desvelamiento de lo inédito. Se llama «Cordero, mitad gato, casi perro», ha sido comisariada por Yara Sonseca y coproducida junto al centro Domus Artium salmantino, y ampliará precisamente un proyecto que esta autora ya desplegó allí el año pasado y que se tituló «Tengo un animal singular».
Si, entonces, Lazkoz partía de un relato -literalmente kafkiano-, La cruza, protagonizado por una criatura a medio camino entre cordero y gato, para explorar las posibilidades estéticas de la hibridación como método, ahora ha decidido avanzar en esa senda, narrativa y visual, reflexionando sobre la noción de alteridad, no tanto queriendo exaltar la combinación fluida de rasgos, sino la aceptación de la naturaleza compleja de todos los seres y también de la sorpresa que aquella pueda causar. No deja de ser ésta una variante de las constantes inquietudes de esta artista bilbaína por los roces y tensiones entre lo individual y lo colectivo, también por las huellas del pasado, del poder en lo cotidiano y por aquello que conforma nuestra identidad.
En el conjunto de su carrera, y también aquí, Lazkoz se desenvuelve a partir de conceptos opuestos o ambivalentes, no sólo en cuanto a contenido, también en cuanto a forma: se maneja con lo pequeño y lo grande, las dos y las tres dimensiones, lo lleno y lo vacío, y en la presentación de sus piezas huye del estatismo para favorecer la expansión y el dinamismo; esos mecanismos expositivos, y no sólo las piezas multiformes, suscitan en el espectador un extrañamiento de lo cotidiano que ella desea aplicar, igualmente, a prácticas y procesos. Trabaja anclada a su contexto, pero también abierta a la reconfiguración.

Abigail Lazkoz. Tengo un animal singular. Domus Artium, Salamanca
Las derivas últimas de esta creadora vasca en torno a aquel cuento de Kafka trascienden el carácter binario de ese ser entre cordero y gato, siguiendo los pasos del propio escritor checo: en el momento en que el lector se acomoda a la rareza de la unión entre dos animales tan distintos, esa dualidad estalla cuando se nos hace partícipes, sin cargar demasiado las tintas, de que este ente híbrido quiere, además, ser perro. Adelantándose a Adorno, aunque después de Hegel, el autor de El Castillo clausuró la posibilidad de una unión de lo escindido para plantear la opción de que las identidades no unitarias fuesen vocación y no sólo esencia o destino.
En Bilbao nos esperan sus habituales y extensas instalaciones murales en blanco y negro, en las que apreciaremos referencias al cómic, la cultura popular y la historia política última, pero en todo caso unas y otras obras, bi y tridimensionales, constituyen en conjunto una metáfora de sus modos de crear: abiertos a los nuevos sentidos, las transformaciones y los cambios que el tiempo y el mismo trabajo pueden generar. También a todos los potenciales caminos que abre un relato: La cruza es un híbrido. Mitad dulce mitad feroz. Es un límite transgredido, pero es doméstico y familiar. Es un monstruo. Es una herencia del padre. Después de haberlo heredado se transforma. Es espectacular. La cruza inspira literatura, ternura, sorpresa, pero, al mismo tiempo, encarna una dimensión extrañada, aberrante, del existir y, antes que nada, es una responsabilidad. La cruza es trágica.

Abigail Lazcoz. Toque de queda, 2001
Otro de sus puntos de partida es aquel blanco y negro, oposición primera y vinculada al signo y la escritura. Aluden a vacíos y llenos, al día y la noche -esto es, al paso del tiempo- y propician el diálogo entre mancha y línea. Además, el negro sobre el blanco de las piezas en papel desligadas de la pared, pero apoyadas en ella, articula un movimiento no evidente pero preexistente: el que la artista imprime sobre la obra al sacarla de su estatismo. Y hablando de escritura, tenemos que referirnos a tramas: sus redes negras y rejillas blancas son recurrentes, a veces con un sentido constructivo o demarcatorio, al igual que el color amarillo.
Entre las nuevas piezas de Lazkoz en Azkuna Zentroa podemos citar las esculturas de la serie Rokorekubi, que compendian referencias tan diversas como las perséfones de Cirene hasta los yokai nipones, diosas y fantasmas que hablan de la muerte y la vida. Anteceden en el recorrido a piezas de etapas diversas de la artista ligadas a los instintos, la guerra y al animal entendido como animal humano. Destaca la pieza mural Dresde (2009), compuesta por un centenar de hojas que son teselas cuyas representaciones aluden tanto al bombardeo de esa ciudad monumental en la II Guerra Mundial como a la novela de Vonnegut Matadero Cinco (1969); este escritor es una de sus mayores referencias, sobre todo por su humor negro.
A medio camino entre la escultura y el collage podemos situar una serie de módulos que encarnan la idea de cruza, paneles aparentemente neutros que sostienen objetos, hallados o creados, relevantes para la artista que dan cuenta de su afán por la creación situada, de la pluralidad de sus fuentes y de los caminos firmes y diversos que han brotado de sus comienzos. Y, un cuarto de siglo después de su exhibición primera y única en BilbaoArte, veremos en esta exposición Toque de queda/Lump, un díptico mural que aquí se ha reformulado como creación específica.
Contemplaremos, por último, una selección de obras realizadas en los dos últimos años que reformulan su tratamiento anterior del color y la profundidad; se trata de imágenes que no debemos contemplar como escenas, sino como paradojas en superficie en las que la intriga corre a cargo de una garrapata no invitada a un mantel-dibujo, soporte de ricos caos potenciales.

Abigail Lazkoz. Sirena, 2021

Abigail Lazkoz. Doraemon, 2011
Abigail Lazkoz. «Cordero, mitad gato, casi perro»
Arriquíbar Plaza, 4
Bilbao
Del 21 de octubre de 2026 al 17 de enero de 2027